Durante el fin de semana, periódicos y revistas inundan la mesa de la terraza.
Y todos saben esperar su turno pues la lectura durará, como mínimo, los siguientes siete días ante la avalancha de noticias, reportajes, análisis, opiniones, crónicas y otras tantas novedades. Para los que nacimos en el siglo XX, el periódico aún sigue teniendo el sabor del papel y el olor de la tinta, donde los dedos continúan manchándose. Pero hay un detalle que no nos gusta nada: las constantes faltas de ortografía y errores de coherencia que hablan de un tiempo distinto y anormal. Ya ven: hace unos años recomendaba a mis alumnos la lectura de la prensa escrita porque sabía que los correctores de prensa empeñados estaban en mantener la pureza del idioma. Ahora ni se me ocurriría. En estos tiempos pandémicos hace rato que el rigor perdió su sitio y la seriedad expresiva se ha diluido en la nueva tecnología. Y como las empresas ya no contratan como debieran, la estulticia y la ignorancia se cuelan en cada párrafo, en cada subtítulo, en cada reportaje. Aun así sigo comprando la prensa en papel los fines de semana. Más que nada porque me impone un ritmo lento, como las oraciones subordinadas, y porque en esa atmósfera disfruto el texto en toda su amplitud.
No hay nada como la lentitud en estos tiempos vertiginosos. Y la tranquilidad bien entendida. Otro día les hablaré de la radio. Creo.
Juan FERRERA GIL





























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