Las cosas habían mejorado para la familia al final de los años cuarenta del siglo pasado. Se quedaron atrás el hambre y las calamidades de la posguerra gracias a que el padre se hizo con una camioneta que cargaba de mangos, chirimoyas, papayos, aguacates y caña dulce, en el sur, y la llevaba luego hasta su pueblo, donde le quitaban la fruta de las manos.
La madre no paraba de dar gracias a Dios. Se encomendaba a Él cada noche para que las cosas siguieran bien y no volvieran a sufrir las penalidades pasadas y, siempre que podía, cumplía con el precepto de ir a misa los domingos y fiestas de guardar. No así el marido, que no quería saber nada de esa historia.
-Te vas a ir al infierno de cabeza –le dijo un día el párroco, con cara de reproche.
-Mire, señor cura: si usté pusiera a la entrada de la iglesia una barra con botellas de ron y enyesques de carne de cochino, me tendría allí todos los días. Pero para ver esa película repetida y escuchar sermones no cuente conmigo.
-Lo dicho. Te irás derecho al infierno –refunfuñó el clérigo, dándolo por imposible.
-Yo ya conozco el infierno. Estuve tres años combatiendo en una guerra entre hermanos. No creo que haya peor infierno que ése.
-¡Jesús, hombre! No está bien decirle eso al cura –le recriminó la esposa al enterarse de la conversación.
-¡No me vengas a sermonear también tú! –protestó él.
Entonces ella, esbozando una sonrisa, se acercó, le acarició la cara y le dijo:
-Lo que me hace ilusión, ahora que nos lo podemos permitir, es que nos saquemos un retrato de familia con nuestros cuatro hijos y lo pusiéramos en la cómoda, frente a la cama. Sería nuestro primer retrato familiar.
-¿Y por qué no nos esperamos a que te quites el luto? –sugirió el marido, que suspiraba por verla vestida de color.
-Para eso faltan seis meses todavía, mi amor. Me gustaría que fuera hoy mismo.
-De acuerdo; pero quítate el pañuelo al menos, mujer –accedió él, abrazándola–. Esta tarde, sin falta, vamos al fotógrafo para que nos hagan ese retrato que tanto te ilusiona.
Y, aunque ellos dos ya no están, allí sigue el retrato, sobre la cómoda, frente a la cama.




























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