Se siente triste el cernícalo en lo alto de la pitera.
Pitera, pita, pitón.
Allá arriba encaramado, bajo un cielo gris plomizo, está intentando cantar pero no le sale el trino.
Añora al sol escondido, a los colores que pintan las nubes y las montañas: amarillo, rojo, azul, verde, lila, sepia, grana…, rubores que lo encandilan, lo deleitan y lo avivan. Y lo invitan a cantar.
Son cantos de libertad. Se siente libre silbando.
Y lo intenta una vez más. Suelta un gorgorito y canta. Sus trinos se van al aire.
Lejos, en el horizonte, altivo, el Teide lo escucha y le agradece el arrullo: “Ven y pósate en mi pico y pícame con el tuyo”.
El cernícalo, altanero, con impasible mirada, despliega sus largas alas y en calma se echa a volar.
Pero lo atrae un aroma: el olor de la pitera.
Pitera, pita, pitón.
Es un olor que lo embriaga y lo deja adormilado.
Por eso vuelve a posarse. Allí se queda dormido.
Y tiene un hermoso sueño con un cielo de colores.




























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.27