Transfórmate

Opinion

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Me tropecé hace poco con un amigo al que le había perdido la pista. Casi al instante vimos que seguía vigente la amistad que nos unía y nos enfrascamos en una conversación de horas, sentados en la terraza de un bar, echándonos vinos y tapas.

Entre otras cosas me contó una que me sorprendió. Me dijo que se había divorciado, que se lo había pasado muy mal al principio y que gracias a Fernando Pessoa, su poeta preferido, había salido del pozo al que cayó.

Yo lo miré un tanto estupefacto y entonces me confesó que el mismo día que su mujer le pidió el divorcio, él, en lugar de firmar los papeles, se largó para la capital portuguesa y se fue directo a la casa museo de Fernando Pessoa.

-No sé si sabes que, aparte de su verdadero nombre, utiliza cinco heterónimos diferentes para firmar sus escritos –me dijo, denotando el interés que tenía por el autor.

-Sabía lo de los heterónimos, pero no que fueran cinco. Yo sólo conozco a Alberto Caeiro y a Ricardo Reis –contesté.

A continuación me habló de lo mal que se había sentido cuando se hallaba en la casa museo que fue a visitar y que, más tarde, lamentándose de su desventura, hablando solo, se había dirigido al barrio de Chiado en busca de la estatua del poeta, esculpida en pose sedente en una terraza muy popular llamada A Brasileira. Y, sin más, se puso a hablar con la escultura.

-¡Qué pena que no seas tú de verdad, querido Pessoa! Seguro que, con tu sabiduría, me podrías guiar en estos momentos de aflicción –le dijo, con voz penosa, a punto de las lágrimas, después de sentarse en la silla de al lado. Deprimido, necesitado de contar sus penas, le pareció escuchar que la estatua le hablaba:

-¿Qué te ocurre, hombre?

-Que a ella se la ha acabado el amor por mí. Y yo no puedo dejar de quererla. Razón tenías tú, insigne poeta, cuando escribiste: “Querer no es poder. Quien quiere nunca tiene poder, porque se pierde en querer” –contestó mi amigo, quien, de pronto, tuvo la impresión de escuchar de nuevo la voz del escritor:

-“Cierra la puerta,
cambia el disco, limpia…
la casa, sacude el polvo.
Deja de ser quien eras
y transfórmate en quien eres”.

-Pero, chacho, esa cita no es de Pessoa. Creo que es de Paulo Coelho.
-No me digas. Pues yo estaba tan traspuesto que la oí de boca de Pessoa.

-Tal vez es lo que querías escuchar. ¿Y qué? ¿Te transformaste?

Suspirando profundamente, mi amigo me miró y esbozó una tierna sonrisa. Luego me dijo que tuvo la fortuna de que la vida le brindara aquel momento de plenitud, aunque fuera imaginario. Añadió que se había marchado de Lisboa dándole vueltas a aquellas palabras y que a partir de entonces empezó a olvidar las penas de amor.

Texto: Quico Espino
Ilustración Ignacio A. Roque Lugo

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