La luz se abre paso, con todas sus fuerzas, en la mañana aruquense.
Lucha contra la iglesia que, al ser tan grande, oscurece, por momentos, el día y en ella queda atrapada: apenas llega a la calle que reclama una presencia mayor como si fuera una feliz bendición. Sin embargo, la luz, como invasora que es, siempre se sale con la suya: solo tiene que esperar el momento necesario que emplea el sol en subir lentamente hasta que se apodera de la ciudad entera.
Esa luz resulta entrañable: habla de movimiento, vida y relaciones.
Y eso, en los tiempos que corren, es de agradecer.
Ya lo hemos dicho: la luz que nos rodea.





























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