Lo nuevo y lo viejo se hermanan para levantar, entre todos, una ciudad que aguante el embate de los últimos tiempos, tan raros.
La casa vieja, y antigua, da la sensación de que cerrada está desde hace rato. Detrás, la del fondo, luce nueva y su gran cristalera habla de un espacio interior que desea abrirse, y tal vez proyectarse, sobre las otras viviendas de alrededor para alcanzar la ciudad. Tienen en común el color blanco, tan significativo en las fachadas de Arucas, antes de que se pusieran de moda los colores y rompieran el equilibrio y la característica principal de la ciudad, al menos, en su casco histórico, que la identificaba más allá de su frontera.
Cuando no hay arraigo, cree el político de turno que su visión es la mejor; su punto de vista, único y su mirada, indiscutible. Y, además, en el colmo de la vanidad, cree que todo nace con él.
Por eso estamos convencidos de que lo nuevo y lo viejo deberían complementarse.





























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