Sin ton y mucho menos sin son
Como te odio, te quiero. Vivo mis fantasmas, los tuyos, mis ancestros, te celo, lo siento. Te idolatro y te vivo a diario, ¡me enervas! No te tengo, te imagino, te creo, te repelo.
En mi tiempo muerto tu desnudo se hace credo y me creo capaz de superar el desvelo de las noches sin tu sexo, ni el mío que, por cierto, está extinto por no encontrarte en la piel que habito y que un día habitaste, que desprende tu olor aún presente, también instaurado en mi calenturienta mente.
Te tengo, o eso creo, que el tenerte no es poseerte, ni retenerte en mi jaula de pensamientos que son míos y presos, que quieren hacerte libre y así liberarme de los míos que algún día fueron ligeros y que hoy me apresan en mis miedos férreos, rígidos e inflexibles.
En mi adolescencia, pájaro libre que no sabía volar, que se chocaba y caía, que apenas alza el vuelo por la inexperiencia y la falta de prudencia que ralentizaba la paz de sus alas con el transcurrir del viento.
Hoy vuelo alicaída, creyendo conocer el cielo y ser diestra en mi sabiduría malamente aprendida. La tormenta sobreviene y los alisios me distraen, creo conocer sus soplos, sus cambios y mi aleteo. Planeo, me pierdo, caigo y despego.






























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