Contemplar el Teide siempre lo transportaba a su más tierna infancia, a una escena que se le quedó grabada cuando vio la teta que su madre dejó asomar e intuyó que era aquella la fuente de donde debía manar su alimento, y no del anodino biberón que le metían en la boca.
Ya había tenido relaciones carnales con mujeres y degustado con fruición las delicias del pecho femenino, pero, aunque no punzante, seguía sintiendo la espina que se le clavó por no haber mamado de la teta de su madre, a la cual evocaba siempre que miraba al Teide.




























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