La sombre se desplazaba a una vertiginosa velocidad gracias a las nubes de la panza de burro rota y rara en aquel día de verano. Marcaba la sombra el terreno cultivado, las casas, las fincas y, al atracar en el mar, como si un buque fuera, se diluía en la esperanza detenida del aficionado fotógrafo.
La sombra, captada a medio camino, dibujaba el paisaje mil veces mirado, y admirado, y proyectaba una nueva visión en el que parecía renovarse, como afirmando su fuerte personalidad.
Y, al fondo, el mar: la otra parte de la isla.
Juan FERRERA GIL



























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