La negra de África
Una amiga mía me envió la foto que encabeza este texto y la llamó “La negra del Farallón”, ya que está cerca de ese macizo roque, pero yo le he cambiado el nombre porque quiero referirme al triste hecho de que África tiene la negra. Como si le hubieran echado una terrible maldición.
Tanto sus recursos naturales, que son muchos, como sus bienes culturales y obras de arte, también abundantes, fueron expoliados por los países europeos que colonizaron el continente a mediados del siglo XIX.
Británicos, alemanes, franceses, españoles, italianos y portugueses, entre otros, despojaron a África de sus riquezas de una manera inmoral y vergonzosa, arruinando por completo a los países colonizados.
Para más inri, África es actualmente el paradero de la chatarra electrónica europea. Cientos de miles de toneladas de residuos tóxicos son arrojados en diversos puntos del continente, siendo Accra, la capital de Ghana, el principal vertedero de desechos tecnológicos del mundo.
Me parece indignante que el primer mundo siga engordando a costa de las riquezas de otros países. Es como meterse en la casa de alguien y quitarle sus posesiones.
Especialmente deplorable fue el saqueo arqueológico que sufrió Egipto cuando se produjo en toda Europa una fiebre egiptológica, una fascinación por el secreto y misterioso mundo de los faraones. Las vitrinas de los principales museos europeos están llenas de antigüedades egipcias.
Y a Egipto me quiero referir como colofón de este escrito, pues el acantilado que lo ilustra, con el semblante de una mujer negra, se encuentra al lado del Farallón, cuyo nombre se asemeja a la palabra faraón, y no muy lejos del barranco del Juncal, que en otro tiempo fue un lugar poblado de juncos.
En el antiguo Egipto, el Nilo estaba repleto de juncos y de ellos se extraían los papiros, los cuales funcionaban como libros, que se podían leer entonces en la fabulosa biblioteca de Alejandría.
Imagino que esa debe ser la razón por la cual la escritora Irene Vallejo escribió un estupendo ensayo titulado “El infinito en un junco”.
No estaría nada mal que, en la actualidad, se publicaran cientos de ensayos y novelas, resaltando el hecho de que los países que despojaron a África de su patrimonio devuelven todo lo robado. Sería un acto de justicia.






























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