La pared se ha convertido en un espejo blanco y claro que sirve para reflejar, a su modo y manera, otras ramas, otras palmeras, otros laureles y que, además, puedan acicalarse antes de que el sol, con sus sombras, las mude de sitio.
A media tarde, una de las palmeras del jardín, en los días previos al verano, aterriza en el lugar como si un aeródromo fuera. Y, allí, queda varada un tiempo, travestida en sombra y viviendo otra vida al mismo tiempo que el descanso se verifica en su lento caminar. Sabe bien la palmera que eso solo ocurre una vez al año; por eso, en los días de su grata presencia, no solo disfruta el momento, que también, sino que adquiere el compromiso de ofrecerse a la mirada del caminante ocasional.
Así que ese instante último y primaveral nos ha devuelto el valor de lo cotidiano.
Que no es poco.



























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