En numerosas ocasiones a un niño que no rendía adecuadamente en clase se le castigaba con no realizar ejercicio físico, una actividad que supone, además de diversión (objetivo por el que se le castigaba), una forma importante de relacionarse con los demás, una forma de aprendizaje.
Y es que, la investigación de las últimas décadas, demuestran cada vez más evidencias científicas de cómo la actividad física y deportiva moldea el cerebro humano y explican los efectos beneficiosos del ejercicio sobre la cognición, el estado de ánimo y la salud cerebral a todas las edades.
Es curioso que esto contrasta con que cada vez más padres y a edades más tempranas prefieran que sus hijos están pegados a un móvil, una tablet o un ordenador y así favorecer el sedentarismo. ¡Ay padres, recordar cuanto os divertíais con vuestros amigos en la plaza, en la calle o en el barranco!
Y es que practicar deportes, más allá de traer beneficios al cuerpo (no solo reduce el sobrepeso y la obesidad, sino que disminuye el riesgo de sufrir enfermedades como la hipertensión arterial, la diabetes tipo 2, el ictus y algunos cánceres) también es una manera de cuidar la salud mental y de tu cerebro.
Se ha observado con la investigación que el cerebro es capaz de crear nuevas conexiones entre neuronas y el fortalecimiento de las redes neuronales al realizar ejercicio físico (esto se denomina plasticidad sináptica), además, se ha podido comprobar, en contra de lo que se creía hace décadas que es capaz de crear nuevas neuronas, en zonas como el hipocampo, lo que permite regenerarlo, esto por ejemplo es muy importante en caso de sufrir un ictus, donde se pierden neuronas.
En la infancia, se ha observado que aquellos niños que practican deporte no solo tienen una mayor capacidad aeróbica, mayor fuerza y velocidad, sino que también tienen un cerebro más grande y desarrollado (mayor cantidad de sustancia blanca y gris, por un aumento de las conexiones cerebrales), lo que les permite tener mejora capacidad de aprendizaje y memoria, entre otros beneficios.
Pero ¿por qué ocurre esto exactamente?
El ejercicio físico es capaz de provocar la liberación de dopamina, serotonina y noradrenalina. Estas moléculas están implicadas en la regulación de las emociones, por lo que la práctica de ejercicio físico de forma constante puede ayudar a prevenir y aliviar síntomas de ansiedad y de depresión.
También es capaz de provocar la liberación de β-endorfinas, que actúan directamente sobre el cerebro produciendo una sensación de bienestar y relajación, lo que ayuda a reducir la ansiedad.
Las β-endorfinas también inhiben fibras nerviosas que transmiten el dolor, lo que ayuda a producir analgesia.
Y un aspecto muy importante es que el ejercicio mejora la secreción del factor neurotrófico cerebral, neurotrofina relacionada con el factor de crecimiento del nervio que se localiza en zonas como el hipocampo y el córtex. Esto está directamente relacionado con una mejora de la función cognitiva y sensorial del cerebro.
En todas las edades produce un aumento del rendimiento académico. Y en los adultos de más edad pueden recuperar entre un 1 y un 2% del volumen cerebral en la zona del hipocampo, lo cual supone el equivalente a revertir el envejecimiento de este órgano unos 2 años. Por lo que podemos decir que el ejercicio físico es un neuroprotector.
Realizar ejercicio de forma constante aumenta la autoestima, ayuda a tener una autoimagen más positiva y mejora la calidad de vida. También tonificamos los músculos, perdemos grasa y, en consecuencia, nos encontramos en mejor forma, lo que va a repercutir de forma directa en una mejor valoración de nosotros mismos.
El Ejercicio físico, y especialmente la contracción muscular, es una fuente de numerosas moléculas similares a los fármacos con efectos beneficiosos en todas las edades. Se convierte así en una autentica polipíldora desde siempre recetada por los sanitarios pero a la que poco caso se le hace.


































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