El mirador de la casa tiene su estética. Y su ética.
Su personalidad, clara y definida, se acomoda en una casa grande, lujosa, rodeada de enormes fincas de plataneras y de un jardín que ha llegado hasta nuestros días; mansión construida con posibles en su momento y que albergó a ilustres personalidades conservadoras y de alcurnia, como se decía entonces cuando las clases sociales marcaban la diferencia, igual que ahora: las mismas que arrastran un pasado de esplendor agrícola en la ciudad norteña.
Desde hace años, aparentemente, la soledad se ha adueñado de ella. Los que la vivieron y disfrutaron ya no existen. Ahora son otros. Y otras. Y ya no tienen nada que ver con la vida local, que les resultará estrecha y pequeña. Y posiblemente tengan razón. Los que la habitaron tiempo ha viven, para siempre, en fotos familiares, en legajos más o menos oficiales y en libros publicados donde se tiende a magnificar aquel suceso, aquella decisión, expresión u orden: la peculiar manera de ver y actuar en su momento; sin embargo, personas normales fueron que el paso del tiempo se empeña en dulcificar y en presentar como magníficos momentos. Y únicos.
Desde ese mirador nos siguen observando.



























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