La cúpula de la Heredad de Aguas de Arucas y Firgas es, cuando menos, llamativa y siempre está dispuesta a ser mirada, y también admirada, por propios y extraños.
Da igual que rodeada esté de antenas y cables: su prestancia vuela sobre nuestros ojos de manera tranquila y ordenada. Allí, donde descansa el centenario contador de las horas, avanza sobre la ciudad que la ha visto nacer. Ya tiene más de un siglo y, desde su impresionante atalaya, se ha convertido en el testigo fiel de los acontecimientos locales. A veces, hasta las palmeras cercanas parecen querer entablar un diálogo directo y estrecho con ella. Y tengo para mí que hay momentos en que lo consiguen. ¿De qué hablarán?
Por eso se ha convertido en una fuente constante y viva de cariño, amistad y cercanía.
Allí, además, atesora el tiempo. Y lo protege.





























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