Mi querido Duque
Siempre me han encantado los animales, especialmente los perros.
Una noche, no hace mucho, soñé con mis seres más queridos y por uno de los canales de mi mente me crucé con un amigo que conocí en el barrio Los Giles, allá por el año 2008. Cuando lo vi por primera vez, apenas tenía 5 meses y ya apuntaba maneras de ser un diablillo, un malandrín.
Tras arduas negociaciones y ladridos, decidió unirse a nuestra familia por la módica cantidad de 250 € y cuando llegó a nuestra casa empezó a marcar su nuevo territorio como si fuera el rey león. Y nosotros nos dimos cuenta de la importancia de tener una fregona en casa.
Como no tenía nombre, le pusimos Duque, porque realmente actuaba como tal, aunque mi hija le solía llamar Pelusín, Pastosín y cosas por el estilo. Es el que saluda de los que están en la cesta, mirando fijamente a la cámara. También aparece en las fotos inferiores, siendo un benjamín.
Creció, comió y durmió con nosotros durante 12 años. Nunca me arrepentí de haberlo conocido; no lo maltraté, nunca lo abandoné y siempre fue para mi mujer su mejor amigo.
Recuerdo que cuando volvíamos a casa después del trabajo o cualquier salida, todo se convertía en fiesta, ladridos, lametones, corre por aquí, corre por allá, para luego acurrucarse en el regazo de su dueña hasta dormirse relajado.
¡Cómo no iba a ser así! Bien alimentado, mimado, lavado, peinado y encima a la playa o al monte cuando tocaba.
Una amiga danesa nos comentó una vez: “Cuando me muera, me gustaría reencarnarme en un perro y vivir en esta casa”.
Mi cuñado se volvía loco por jugar con él cada vez que venía a casa, sobre todo para hacerle verdaderas perrerías y sacarle le vena agresiva que tienen todos los perros, aunque Duque lo mandaba a tomar por saco cuando se hartaba, como diciendo: “no me toques más los c………nes”.
Digo todo esto porque la gente que no está acostumbrada a vivir con animales se preguntará: Pero… ¿qué me estás contando?
Mi respuesta es que no saben la satisfacción y el bienestar que sientes con tus amigos de cuatro patas. Al igual que con la gente que quieres, consigues tener una vida plena con ellos, pues también alimentan tu vida emocional, te cuidan, se desviven por ti a cambio de nada, te agradecen tus cuidados y el bienestar que les prodigas, y lo único que te piden a cambio son sólo caricias, besos y ternura, tal como harías con cualquier persona querida.
Mi padre me dijo una vez: “Por los animales no se llora”.
No estoy de acuerdo con él, pues cuando Duque se murió en el 2020, no tuve consuelo posible; mi hija y yo nos sumergimos en un mar de lágrimas en el que aún hoy, a veces, seguimos nadando como si nos hubiera dejado ayer. Su imagen y su nombre siguen presentes en nuestro recuerdo.
No fue muy prolijo en su descendencia, aunque nos dejó algunas joyas en matrimonio con la rubita chica, Luna, que aparece en la foto entre sus dos hijas, Chipi y Fromi. Tendido delante se encuentra un amiguete de la familia, de nombre Pituso.
Recuerdo que, poco antes de fallecer, vi a Duque mirando fijamente a Pituso. Parecía que le estaba diciendo: “cuídalas bien cuando yo falte, amigo mío”.
Dedico este escrito a todos los amantes de los perros y animales en general.





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.152