Siempre me ha llamado la atención el paisaje que acaricia la iglesia de Arucas y que se divisa desde las calles pendientes que desembocan en el Parque de San Juan, como afluentes de un imaginario río.
La imagen mostrada, en esta ocasión, ha sido captada desde una azotea. Como la perspectiva es un lujo para los ojos, la foto ofrece una visión engañosa: en la lejanía, la iglesia se adentra en los campos de cultivo de una Vega espléndida, fría y generosa (“¡Linda Vega de Arucas, de conjunto tropical!”, decía la canción). Si prestan atención, hay dos momentos: el tiempo férreo que ofrece la cantería azul de la ciudad, en la que los labrantes que un día fueron supieron dejar para la posteridad su arte perenne, recio y labrado con fe berroqueña; y, por otro lado, la visión agradable del paisaje domesticado por una agricultura que se mantiene y sobrevive en estos tiempos asirocados: dos espacios que caminan juntos sin apenas tocarse, como saludándose en la distancia.
Solo cuando la imagen se sustancia, comprendemos mejor el resultado.
O, al menos, uno de ellos.





























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