Muerte de un maestro, José Juan García Batista

Opinion

josejunagarciabatistaEl día del Pino de 1932 nace en el seno de la conocida familia de los músicos Batista. Su padre, José García Castillo, fue secretario accidental del ayuntamiento galdense. Cuenta el mismo Pepe Juan que, cuando la proclamación de la 2ª República, su abuelo materno se encontraba sentado en el poyo de la plaza, frente al ayuntamiento, en el momento en que algunos republicanos, al grito de ¡Viva la República!, arrojaban por la ventana de la casa consistorial el cuadro del Rey, que hasta entonces presidía la sala de plenos. Él, con un sentido del humor y la socarronería que heredara el nieto, les dijo:

-Boten los duros, que también llevan el retrato del rey.

La guerra de España se llevó a dos tíos, hermanos de su padre, tirados en el pozo del Llano de las Brujas, Arucas, cuyos restos se rescataron en el año 2008.

El accidente que sufrió de pequeño, jugando a la pelota, y que tanto le hizo pasar agranda su trayectoria vital. En el colegio Cardenal Cisneros cursó estudios de enseñanza secundaria para, posteriormente, acabar Magisterio, profesión esta que marcará definitivamente su proyecto de vida.

Su primer destino estuvo en el barranco del Pinar, en los años del magisterio heroico. Sirvió en otros destinos, pero la mayor parte de su vida docente se desarrolló en San Isidro. Allí llegó, a las escuelas recién construidas del barranquillo, y allí estuvo -como maestro y como director- hasta que se abrió el colegio del Roque, donde ejerció también como director.

Después pasó al Colegio Los Quintana, en que le llegó la jubilación. Más de 40 años.

Pero su pasión por la docencia lo hizo ser corrector de radio ECCA en San Isidro, dar clases en verano a los escolares y a los universitarios que regresaban de La Laguna, ya fuera de asignaturas de Letras o de Ciencias. Porque don José -como lo conocen todos sus alumnos de San Isidro- era un maestro de los de antes, con profundos conocimientos en las diferentes materias.

A él estaremos siempre agradecidos en este barrio. Fue quien hizo ver a alumnos y padres la posibilidad y la conveniencia de realizar estudios de secundaria, y después superiores, a un sector de la población que de otro modo habría pasado a los trabajos ordinarios de entonces. Primero solo, y después secundado por otros tres maestros del barrio, dio clases de bachillerato para luego examinarnos -libres- en el Pérez Galdós. De 8 a 9 y de 4 a 7, bachiller, de 9 a 12 y de 2 a 4, escuela. Así durante tres cursos, hasta que se abrió el instituto de Gáldar, el curso 1969-70.

Por eso, cuando se jubiló, nos reunimos los antiguos alumnos de San Isidro y, junto con el claustro al que pertenecía, organizamos su despedida. El acto académico y social desarrollado en el teatro de Gáldar fue el último de su género en esta comarca, con la participación de amigos de la infancia, juventud y madurez, camaradas de estudio, antiguos profesores, compañeros de profesión, autoridades, antiguos alumnos y su familia.

A su mujer, Saro Oliva Tacoronte, la conoció -no podía ser de otra forma, como ella recordaba en la celebración de sus bodas de oro- en el fútbol, un partido del San Isidro, en el campo de Barrial. Se casaron y de ahí las tres hijas, Mª del Carmen, Mª del Rosario y Mª José.

También dedicó su tiempo a la actividad social: desde el diseño del escudo del San Isidro, a ejercer como concejal durante la primera alcaldía de Antonio Rosas y la de José Estévez o a ser secretario del Casino -que lo nombró Socio de Honor- labores todas que ejecutó de forma entusiasta y altruista.

En este sentido no es menos importante su profundo conocimiento de la sociedad galdense del último siglo y medio, personajes, familias, genealogías, la iglesia, los barrios, anécdotas, chascarrillos. Todo el que se acercara a él con alguna duda sobre del devenir de la comarca galdense, y no solo, encontraba respuesta o sugerencia de indagación.

Su buen ser, su buen hacer, su ingenioso humor, su agudo verbo, la amenidad de su conversación, ya se lloran y se añoran. Pero permanecerán, porque todo pasa y todo queda.

Domingo Oliva Tacoronte



 


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