Tolerancia cero
No hace mucho vi una película en la tele, “La fuente de las mujeres,” que me resultó muy emocionante. Es una producción francesa y la acción transcurre en una aldea remota del norte de África.
Las mujeres, capitaneadas por el personaje principal, Leila, se sienten discriminadas en la sociedad machista en la que viven, y se ponen en huelga de sexo porque quieren que los hombres las ayuden a traer el agua desde una lejana fuente de aquellos andurriales desérticos.
La misma temática, aunque mucho más dura, se da en la novela que estaba leyendo por entonces: “Mil soles espléndidos”, de un escritor afgano, Khaled Hosseini, cuya protagonista, Mariam, es obligada a casarse, a los quince años, con un hombre que es treinta años mayor que ella y que la trata como si fuera una esclava.
Al día siguiente, después de desayunar, me llevé la novela para la playa y, tras el baño, tendido en la arena, absorto en la trama y afligido por la triste historia de aquella jovencita maltratada y casada a la fuerza, oí las voces de dos chicas que me daban los buenos días.
Las saludé sin mirarlas y cuando levanté la cabeza vi que eran conocidas. Entonces me dijeron que estaban ensayando una escena de una obra teatral, titulada “Tolerancia cero”, y me preguntaron si no me importaba actuar de espectador.
Claro que no, contesté, y me senté para escucharlas. Me llamó la atención que la trama, al igual que en la película que había visto y en la novela que tenía entre manos, fuera sobre el machismo, un tema que, por desgracia, sigue estando vigente, y que el texto fuera rimado:
-Mi novio me tiene harta.
Cada día es más machista:
que si mis faldas son cortas,
que parezco una corista
y que me pongo modelos
que salen en las revistas
sólo para darle celos,
alegrando a otros la vista.
-Mándalo a la porra, niña.
Ese es un maltratador.
Apártalo de tu vida
y búscate a alguien mejor.
-Eso es lo que voy a hacer.
No lo puedo aguantar más.
-Claro que sí, amiga mía,
que hay más peces en el mar.
Ese quiere gobernarte.
No lo debes tolerar.
-¿Y tú? ¿Cuál es tu opinión? – me preguntaron a la vez, cogiéndome por sorpresa –. ¿Tenemos razón o no?
-Toda la razón del mundo –contesté sin dilación, y, con ligeras pausas, alargué la respuesta intentando rimar–. Yo no creo en el amor de quien impone su credo y su santa voluntad. Ese amor genera miedo, ataca a la libertad. Es como atrapar a un pájaro y encerrarlo en una jaula. Ya nunca podrá volar. De nada sirven sus alas.
-¡Qué guapo! Estaría súper bien que fueras a ver la representación e interactuaras con nosotras.
-¿Por qué no? Ustedes me dicen cuándo es el estreno y allí me tienen seguro.
-¡Qué bien! Pues contamos con ello –dijeron y, de inmediato, dedicándome ambas una hermosa sonrisa, se metieron en el agua.
Y yo continué leyendo.
Quico Espino






























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