La mar sola
Que la naturaleza es nuestra madre primigenia es una verdad innegable y, como tal, nos ha provisto (ojalá pudiera decir a todos) de los bienes necesarios para sobrevivir. Bien es cierto que esos bienes, una vez que la naturaleza ha sido manipulada, pertenecen ahora a unos cuantos y que esos cuantos comercian y se enriquecen con lo que debería ser de todos.
Es un cuento ya sabido. Un tópico. Como decir que el pez grande se come al chico.
Por fortuna, aún hay lugares que no han sido manipulados por la mano del hombre. En nuestra isla tenemos unos cuantos. Debido a su orografía y a su difícil acceso se conservan prácticamente vírgenes.
Uno de ellos es Las Arenas, cuyo verdadero nombre es Punta de Las Arenas, que pertenece al municipio de Artenara y que se sitúa entre El Risco y La Aldea, antes de llegar al Andén Verde.
Por aquellos abruptos derrocaderos …
… subía un pescador, portando un balde lleno de viejas primorosas, justo cuando bajaban dos amigos míos, en compañía de una perra jovencita, llamada Kora, del color del azabache, que se puso a ladrar y a mover el rabo alegremente.
-La mar se va a poner muy contenta con la visita de ustedes. Esta playa siempre está sola y con el murmullo de las olas la mar da las gracias a quienes pasean por la arena –dijo el pescador con una serena cadencia en la voz.
Sus palabras, junto a la calma que transmitía su presencia, hicieron que mis amigos se miraran y esbozaran una tierna sonrisa. Y Kora dejó de ladrar cuando el pescador siguió hablando.
-Pídanle a la mar lo que quieran, que ella es muy generosa. Yo hoy le pedí un balde de viejas, porque quiero hacer un sancocho para toda la familia, y ya lo ven ustedes.
Y sin más, después de decir: “que tengan un buen día”, el pescador continuó su camino.
Mis amigos, aún sonrientes, y la perra moviendo la cola, no dejaron de mirarlo hasta que desapareció montaña arriba, entre los vericuetos del desfiladero.
Luego, ligeros pero precavidos, bajaron a la playa. La marea estaba alta cuando pisaron la arena, pero no sabían si había empezado a bajar o si seguía subiendo. Kora se echó a correr por los charcos y se puso a ladrarle a las olas.
Después de pasear un rato decidieron tenderse un poco al sol. Con los ojos cerrados, ambos con ganas de echar una cabezada en aquel paradisiaco lugar, se acordaron del pescador y desearon que la marea estuviera bajando para que no los cogiera el agua si se quedaban dormidos.
Se despertaron con los ladridos de Kora y se encontraron con una inmensa playa. Tuvieron que frotarse los ojos para comprobar que era real.
Cuando mis amigos me lo contaron les dije, fantaseando, que aquel pescador estaba en lo cierto, que en la playa de Las Arenas, la mar, que se siente sola, concede deseos a quienes la van a visitar.




































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