Ajódar es testigo

Opinion

11cf8c54 c81f 4288 859c c4599f121ce2

Que la vida te da sorpresas, como dijo Rubén Blades en Pedro Navaja, es un tópico ya trillado pero que, sin duda, tendrá vigencia siempre.

Creo que a todos nos gusta una sorpresa cuando es grata. Como la que me dieron, no hace mucho, inesperadamente, de paseo por la montaña de Amagro, donde me encontré con una mujer que rozaba los ochenta, viuda ella, asomada a la ventana de la choza que ilustra este relato.

Delgada, mediana, llevaba un pelo corto plateado, pantalón vaquero, camiseta veraniega y zapatillas de caminar. Me pareció una chiquilla cuando la vi.

-De espaldas –aclaró cuando se lo dije. Luego, después de saber su edad, la felicité por conservarse tan bien y ella, muy simpática, replicó que sí, como el guayabo o el membrillo. En conserva.

Solté una carcajada por su ocurrencia, pero se oyó más su risa que la mía, mientras salíamos de la choza. Fue en ese momento cuando, de buenas a primeras, me soltó que allí se enamoraron su marido y ella.

-Fue un flechazo, mi niño. Nos enamoramos de golpe. Y nos duró hasta que me lo quitó la muerte, hace ya tres años. Ahora siempre me acompaña su recuerdo. Una vez le dije, de broma: “El día que uno de los dos falte, me gustaría tener una casita aquí, cariño”, y a él le hizo mucha gracia y yo le di besos y abrazos y le repetí varias veces que era una chanza y que ojalá pudiéramos morirnos los dos juntos en un abrazo.

Me emocionaron sus palabras. Aún no daba crédito a que aquello estuviera pasando de verdad. De hecho sacudí la cabeza varias veces, como quien se pellizca para darse cuenta de la realidad, y más sorprendido me quedé, maravillado diría yo, cuando me confesó, con una confianza que me azoraba un poco, mirándome cariñosamente, que fue ella, con dieciocho añitos, la que dio pie a que empezara la relación entre la pareja.

-Yo ya le había echado el ojo. Lo había visto pasar varias veces por delante del bochinche que mi padre montaba para las fiestas de San Isidro. Él también se había fijado en mí, y en una de esas que se quedó parado frente al puesto le dije que se echara una tapa de carne en salsa, o una ración con papas fritas, y así almorzaba.

Él aceptó y le dirigió una par de miradas que la dejaron “arrebolá”. Tenía una mirada noble, sana, y a ella le dio confianza para preguntarle, en un aparte, si quería dar un paseo. Después le pidió a su padre que la dejara irse a dar una vuelta, y se fueron a la montaña de Amagro. Una vez allí lo miró y le dijo que tenía una sorpresa para él.

¡Ah, sí? –preguntó él, en tono admirativo.

-Sí. Y tienes que cerrar los ojos hasta que yo te diga. Yo te llevaré de la mano.

Y cuando él abrió los ojos vio la Montaña de Gáldar, llamada Ajódar, a través de un marco de piedra y se quedó prendado. Abstraído estuvo unos segundos. Luego la miró y le preguntó si conocía una copla andaluza que dice que Sevilla, bajo la luna plateada, es testigo del amor de una pareja que se ama locamente.
Ella, temblando, emocionada, le contestó que sí.

“Pues entonces”, replicó él, “Ajódar, bajo un sol de justicia, es testigo del amor que está naciendo entre nosotros. ¿No crees tú, preciosa?”

-¡Uff! ¡Ya lo creo que lo creía! ¡Dios mío! ¡Era un hombre maravilloso! –me dijo aquella afectuosa señora que rozaba los ochenta, mientras yo, boquiabierto, me debatía entre la sorpresa, el asombro y el encanto.

Texto: Quico Espino
Imagen: Ignacio A. Roque Lugo

Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.152

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.