La cañada de los bizcochos
De todos es sabido que una imagen, un olor, un sabor o una palabra nos puede transportar en el tiempo y hacernos revivir momentos de nuestra existencia que teníamos olvidados o escondidos por ahí en algún rincón de la memoria. A mí me ocurrió hace poco con el nombre de una cañada de la que ya ni me acordaba.
Un buen amigo mío me mandó, entre otras, las tres fotos que ilustran este escrito. Me dijo que estaban sacadas en los Altos de Guayadeque y citó lugares como la Presa de las Cuevas, la Caldera de los Marteles, La Calderilla y la Cañada de los Bizcochos.
Este último nombre me retrotrajo a un pasado ya lejano, como si fuera un flash back cinematográfico, y me vi de pronto con ocho años, junto a uno de mis abuelos, montados los dos en su burro, de nombre Canelo, rumbo hacia Cazadores, a donde él solía ir a comprar queso (todo el que pudiera cargar el pollino), subiendo por el Barranco de Guayadeque, que se ofrecía a la vista como un vergel exuberante. Sobresalían los almendros en flor. El sonido del agua saltando en cascadas y corriendo barranco abajo nos acompañó todo el trayecto.
Varias veces nos paramos para comer frutas que cogíamos de los árboles, sobre todo moras riquísimas. Mi abuelo, que era muy dado a contar historias a las que adornaba con toques de magia, me dijo entonces el refrán “la mancha de una mora con otra verde se quita”, cuyo verdadero significado vine a entender mucho más adelante.
Y fue al pie de la Cañada de los Bizcochos cuando me contó una leyenda que, según él, se conocía en todos los pueblos que lindaban con la Caldera de los Marteles. Mirando hacia la montaña dijo que ésta era como un inmenso pan bizcochado, una montaña de garepas de corcho que se desprendían y que el viento se llevaba volando. Y al llegar a la caldera se fusionaban con las flores de los almendros y se dispersaban en distintas direcciones, cobrando diversos colores.
Al día siguiente, las calles de Valsequillo, Telde, Ingenio, Agüimes y los dos municipios de Tirajana amanecían blancas, rosadas, rojizas… y todo el mundo salía de sus casas para ver, embelesados, aquel prodigio de la naturaleza.
Se me dibujó una sonrisa al recordar esa historia. Luego pensé que no está nada mal viajar en el tiempo con la imaginación, inducido por una foto, un olor, un sabor o una palabra que te traslada al pasado, siempre que los viajes sean agradables.

































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