Con el fin de poder captar los distintos PHOTOTEX, salimos al camino una tarde de abril.
En el recorrido luminoso y soleado, donde las nubes acentuaban aún más la tarde azul, nos tropezamos con un espejo en la orilla de la carretera. Y optamos por alterar su función principal. En un muro de piedra gris y azul de Arucas, el redondo espejo no solo transformaba la realidad y la enmarcaba, sino que, además, la multiplicaba en una nueva visión hasta cierto punto distorsionada, sabiendo que aquella lámina acristalada proyectaba una interpretación. Y allí nos plantamos. Para mostrar a nuestros lectores cómo las imágenes más insospechadas se colocan de frente, sin doblez alguna, y con una sinceridad pasmosa que habla de diálogo constante e infinito.
Tengo para mí que los objetos nos eligen casi siempre.
Y, en la mayoría de las ocasiones, para bien.






























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