La tormenta sacudió los árboles con un ímpetu de rabia. Por el suelo rodaban las jaulas de los pájaros, trozos de leña y alambres de colgar la ropa. Idalia levantó los baldes, y sacó de las jaulas a los pájaros muertos y los colocó en una pequeña palangana. Luego, se los dio a los perros que en ese momento olisqueaban las frutas despedazadas. Los perros se tragaron a los pájaros enteros, con plumas, como si fueran gaviotas.
La visión del desastre la hizo descender a una profunda melancolía. Se quitó los zapatos y los lanzó sin fuerza al charco más cercano donde flotaban guayabas. Después de haber dado varias vueltas por el patio y la casa, se escondió detrás del aljibe a sollozar. El agua que se filtraba de las paredes le mojó la espalda. Una bandada de palomas sobrevoló encima de su cabeza “son las ratas del cielo” ─pensó.
El aroma a guayaba manoseó la nariz de la mujer. Idalia salió de su escondite y apoyó las manos sobre la superficie del aljibe, aspiró con fuerza, y cerró los ojos regocijándose en ese olor. Más tarde, se escucharon los gritos de las hermanas:
“¡Idalia! ¡Idalia! ¡Idalia!”.
Idalia no despertó…



























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