Las palmeras reflejadas en el espejo de la pared anunciaban la tarde primaveral.
Y, desde allí, proyectadas a las miradas cómplices de vecinos y foráneos, se erguían aún más en su arrogante presencia. Las tejas y el blanco de las casas se convertían en el complemento perfecto, en el entrañable amigo con luz agradable y azul que cubría la tarde de abril. Como dos testigos impertérritos, multiplicados, las palmeras se mostraban en su aparente desafío, como señalando que el Parque Municipal abarcaba mucho más que el espacio que ofrecía su perímetro.
La mirada no sabe de obstáculos, ni de barreras, ni de muros. Solo en el horizonte se establece su límite. Y allí convivían las dos palmeras como si un dilema fueran. Y en nosotros dormía la opción de elegir.
Y el derecho a trastocar la mirada.






























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