Esta no es una de Almodóvar
La alarma ha sonado a las seis de la mañana despegándome de la piel que habito entre las sábanas y preparándose para comenzar un nuevo día. ¿Qué he hecho yo para merecer esto?
En las calles aún resuenan tacones lejanos, dejando atrás el alboroto del sábado noche y el laberinto de pasiones que solo ocurren cuando el alcohol toma posesión de los cuerpos.
Los amantes pasajeros se despiertan con las luces del alba, experimentando deseos de dolor y gloria, algunos arrepentidos, otros aturdidos, exhaustos, baldados.
Al salir de casa, las aceras impregnadas de basura, fiel reflejo de la mala educación que se establece entre tinieblas, me hace pensar en lo matador que es hacerse mayor. En aquellos joviales años no reparaba en la suciedad de las calles, bastante tenía yo con mantenerme en pie.
Y aquí me ves un domingo, recordando todo sobre mi madre, cuando me decía que algún día sería yo quien miraría a aquellas jóvenes: Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, mientras mi carne trémula se dirigía al coche para conducir, buscar aparcamiento y correr a toda prisa para que no se escapase el avión.
Los aeropuertos poseen un toque de desazón: gente que viene, que va, dejando abrazos rotos, deseos de volver, mujeres al borde de un ataque de nervios y hombres también.





























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