Dibujadas en la fachada, las plataneras recordaban la tarde de abril en su Primavera azul y luminosa.
La leve brisa desplazaba las hojas como acariciando los futuros plátanos que, al lado del mar, adquirían un sabor ligero, salitroso y propio que los identificaba y los destacaba de los que nacían más al interior. Estas plataneras que crecían al lado del mar sabían de aventuras y naufragios. Y de emigración recurrente. Pero en el momento de tomar la imagen vivían con la pachorra propia de las islas, tan especial y tan sincera.
Y, sobre todo, donde la autenticidad tenía su acomodo.
Indudablemente, el ritmo de la vida lo marcaban las mareas cercanas.






























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