Arucas en el recuerdo: aquellas azoteas
En la década de los cincuenta eran muchas las casas de Arucas que tenían unas grandes azoteas. En la Calle Acequia alta había una de ellas propiedad de una familia con una madre emprendedora y vitalista que dejaba visitarla a algunos niños de aquella calle. La azotea parecía inmensa a los chiqillos que subían a ella. En la misma había un gran gallinero, un cuarto de aperos, macetas con flores y, sobre todo, una gran superficie donde jugar.
En esta azotea se llevaba a cabo periódicamente el descamisado de piñas que permitía a un grupo de personas pasar unas horas entretenidas quitando la camisa de la piña, constituida por varias hojas que recubrían al carozo, para luego desgranar. Estas camisas eran usadas posteriormente para rellenar colchones o como comida de animales. Los granos se desprendían utilizando otros carozos restregándolos con los granos de las piñas, para lo que había que tener una cierta habilidad. Los que no la poseían, lo hacía con el dedo gordo y corrían el peligro de acabar con una ampolla en el mismo.
El carozo desgranado se podía utilizar luego para hacer fuego para el tostadero y los más tiernos para comida de animales. Los niños los utilizaban para jugar, haciendo un yugo uniendo dos carozos simulando arar con los dos bueyes, también los echaban en las acequias como si fueran barcas para hacer competiciones, las niñas hacían con ellos muñecas.
Para aligerar la tarea se cantaba o contaban historias y se integraban en ella desde los más grandes a los más chicos. Todos tenían algo que hacer, desde desgranar hasta recoger los millos que saltaban por las esquinas. Después de desgranar se dejaba secar el millo lo suficiente para poder ser almacenado. Posteriormente ese millo se tostaba para lo que se utilizaba un tostador bien grande (una especie de paellera gigante hecha de hierro o latón), colocado sobre una especie de hornillo hecho con piedras. Para tostar el millo se colocaba en el tostador arena de playa o arena de barranco, para que el calor se repartiera uniformemente y no se quemara el grano.
Se dejaba calentar la arena al fuego como si de una sartén de aceite se tratara, y se ponía la cantidad de millo necesaria que se iba revolviendo con un palo al que se le anudaba una especie de pelota de trapo en la punta. Revolver el millo adecuadamente era importante ya que no se podía quemar más por un lado que por el otro.
Tostar el millo y ver cómo iba floreciendo dentro del tostador era un placer. Al calor del fuego, escuchando el reventar de los millos y oliendo ese aroma tan característico como es el millo tostado era un regalo para el olfato. El millo tostado era llevado posteriormente al molino para hacer el gofio.
Estas actividades se desarrollaban prioritariamente en verano, un tiempo que para casi todos los niños estaba lleno de buenas sensaciones y que cuando se disfrutaba, nadie era consciente de que los veranos de la infancia nunca volverían. Eran casi infinitos, libres de imposiciones y de horarios y daba la impresión de que sólo en esa época del año ocurrían las cosas verdaderamente importantes.





























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