En nuestro lento caminar, descubrimos la sombra en la pared vieja y desconchada.
La silueta de la cruz, en la silenciosa vereda vespertina y primaveral, hablaba de retiro y lentitud espiritual, además de elemento protector a los agricultores de la zona. Antes el portal siempre estaba abierto y ofrecía agua fresca a los caminantes ocasionales y a los asalariados de la agricultura, tan frecuentes entonces. Pero una vez que el amplio portal se cerró, otra vida, otras maneras, otras formas de pensar y ser fueron arraigando en el lugar. Los nuevos tiempos deshabitaron la casa y la alegría del camino se fue convirtiendo en susurro débil y agazapado, temeroso. Ya nadie volvió a ser como antes.
Sin embargo, la sombra permanecía como testigo fiel de lo que una vez pasó por allí: la vida.






























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