El viejo balcón de madera de la casa más que centenaria aguanta el embate del tiempo, donde la lluvia, la humedad y el cálido sol primaveral retuercen los sonidos de la madera.
En un tiempo lejano, mirador era de sus moradores. Y ahí está: callado, calmado, sin rechistar ni reclamar. En su permanente quietud, no se molesta si no es observado. Resiste como ejemplo claro de la primera ciudad y, desde su pequeña atalaya, soporta y aguanta las palabras no dichas y las miradas esquivas. Sabe que su tiempo nada tiene que ver con el pausado ritmo de los relojes y de las calles, tiempo ha, abarrotadas de gente. Como perfecto conocedor del sabor de la espera, ha sabido resistir todos estos años. Y se ilusiona con la idea de que un artista muestre sus valores y, sobre todo, su hazaña: ser un testigo sincero de los cambios que han surgido a su alrededor.
Y esa gesta merece, más que nada, una consideración y un respeto.





























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