La ventana acristalada del Teatro, límpida y transparente, ofreció aquella mañana sus mejores galas.
Como si una pantalla de cine fuera, proyectaba su particular película, donde una parte del entorno se presentaba ante el ocasional viajero como si contemplara una segunda vida del lugar. Esta nueva recreación de la ciudad era otro detalle de una historia más amplia, desconocida para la mayoría. Entre la piedra gris azulada, en la que se adivina la mano certera del labrante, y el cristal se deslizaba una serie de acontecimientos que suceden diariamente. Y son tan pequeños y variados que la realidad no llega a controlarlos del todo. Continuamente paisaje y paisanaje circulan por delante de la acristalada ventana y la ausencia de público origina que la historia no llegue a conformarse. Sin embargo, aquella mañana, tan pronto como llegó a sustanciarse en la cámara fotográfica, por fin se produjo el estreno.
Y fue tan particular y privado que el éxito estaba más que asegurado.





























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