Lo que ve Domingo Rivero desde su mirador particular del Parque Chino no solo es la vida misma sino el lento discurrir de las voces que por allí pasan y que, en ocasiones, se sitúan a su lado, mientras disimula que escribe, como si estuviera ausente de las expresiones y palabras de sus vecinos, aunque vayan tapados con mascarillas ocasionales. Anda Domingo Rivero preocupado por esta circunstancia, que se niega a incluir en sus versos. “Esto tiene que ser algo efímero, no puede ser de otra manera” piensa el poeta al tiempo que su mirada se expande por el privilegiado lugar donde confluyen las esquinas y sus respectivas calles y que él interpreta como una encrucijada que enlaza los tiempos. Lo que percibe el poeta es el transcurrir de los días acompañado de las emociones más intensas. Adivina la lentitud de los mayores y la fortaleza juvenil como dos maneras de enfrentarse a la existencia, siempre tan difícil. Pero Domingo Rivero no se siente triste. El lugar le encanta y la mirada de los paseantes, ocasionales o no, la sobrelleva con especial alegría, donde el susurro de las palabras brota de las páginas escritas para apoderarse de la imaginación, que no es más que otro libro con cientos de sentimientos que se irán conformando en otro futuro de papel.





























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