Canción triste de La Montaña de Arucas
La Montaña de Arucas, extraordinario mirador, vive sus peores momentos: “ayer maravilla fui, hoy sombra de mí no soy”. Su importancia tuvo: los primeros turistas recalaban en El Mesón de la Montaña, donde el primer folklore los recibía. Aquellas viejas guaguas no paraban en un incesante movimiento casi infinito.
La Montaña forma parte de la conciencia colectiva de la ciudad. Desde antes de que se instalaran en ella los servicios de restauración, y una vez allanado el viejo y callado cráter, fue motivo durante muchos años de las Fiestas de San Juan: las sucesivas Jiras se convirtieron en verdaderos acontecimientos festivos, donde los aruquenses recorrían a pie sus dos kilómetros de subida. Con el cambio de las costumbres, las Jiras también fueron desapareciendo; sin embargo, el emblemático lugar afianzó su presencia: muchos aruquenses tenían la costumbre de subir caminando, dar una vuelta por sus miradores y regresar con la brisa del lugar puesta.
Siempre la Montaña ha sido un espacio cercano, independientemente del negocio allí ubicado. Pero en los últimos tiempos ese referente se ha perdido. Durante los fines de semana, y con el cierre del restaurante, ha sido pasto de botellones medio-juveniles donde las basuras “macdonianas” dejaban su impronta. Luego vino la primera puerta que cerraba el recinto, que no aguantó el embate de la turba. Ahora una puerta mayor y más consistente cierra el lugar, donde se adivinan los destrozos en el interior: cristaleras rotas y, ahora, paneladas y pintadas realizadas con mal gusto, propias del que tiene un solo lema en su vida: fastidiar: los brutos de la mala educación dejaron su impronta en el lugar y ahora todo luce como una canción triste. Los que allí celebraron sus bodas, bautizos y comuniones, entre otros tantos eventos, recordarán siempre que ese espacio era casi infinito.
Sin embargo, ya la Montaña ha dejado de ser un punto de vista y de visita, un lugar de encuentro, donde el café disfrazado de tiempo pausado se disfrutaba en las tardes tranquilas en que la conversación adquiría su verdadero valor.
Nos imaginamos que esto tendrá una solución: siempre se ha dicho que la carretera de acceso es pública, pertenece al Cabildo; la cima, privada, y el Ayuntamiento presta distintos servicios. Igual entre todas las partes encuentran una posible salida a este panorama tan desolador. Lo que no tiene sentido, desde luego, es que este inestimable y entrañable sitio muera de pena y tristeza como si una vieja melodía fuera.
Porque la Montaña forma parte de la historia local, aunque algunos no la consideren. O la desconozcan.
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