LA BRISA DE LA BAHÍA (18). Tiempos encerrados

Juan FERRERA GIL Domingo, 18 de Abril de 2021 Tiempo de lectura:

Tiemposencerrados

     “Cuando paseábamos, emulando los pasos del poeta, teníamos la ocasión de saludar, charlar, ver y disfrutar. Y mirar. Ahora todo eso, o casi, lo tenemos encerrado en un camino que se bifurca: las carpetas fotográficas instaladas en el ordenador y, también, en un sencillo gesto: cuando miramos a través de las ventanas; un acto cotidiano que se había perdido, o casi, ha vuelto a renacer en la nueva circunstancia, dejando atrás la ventana virtual. Los gestos siempre regresan. Van dando vueltas por ahí, perdidos entre los años y las épocas, y las prisas, y retornan, ahora, para anunciarnos la cuadratura del círculo.

     Desde la ventana trasera de la casa observamos la avenida totalmente vacía, lo que añade un tono de tristeza en la tarde ahora fría. Pero como no nos resistimos a caminar, la hemos intentado recorrer con palabras, ideas y sueños. Echamos de menos lo que habíamos convertido en una costumbre, y ni siquiera le dábamos importancia. Si las golondrinas de Bécquer regresan siempre, los paseos también volverán a estar concurridos. Y, con ellos, el disfrutar de lo cercano, del roce social y de sentirnos uno más en el conjunto. Lo dijo, tiempo ha, Cairasco de Figueroa al referirse a la conversación:

es una gustosísima comida,
que al alma da sustento.”

     Sí, sí: las conversaciones también volverán.

     Ahora, aislados como estamos, cada vivienda se ha transformado en una isla dentro de otra mayor, como ocurre con las muñecas rusas. Y así hasta que sintamos el sabor de lo trascendental y lo primordial. El tiempo marca la pauta y señala lo relevante. Quizás desde alguna ventana, balcón o azotea, algunos tengan la oportunidad de ver el mar o, al menos, una franja en el horizonte: desde la visión de Jorge Oramas, como si una mancha fuera, o la de los hermanos Millares, que encuadraron a sus personajes en la esquina del viejo muelle. Y no olvidemos los versos de los poetas y las canciones de mar y sal. Pero lo que verdaderamente me llama la atención es la imagen que nos dejó plasmada, con palabras certeras, Carmen Laforet en su novela La isla y los demonios:

La ciudad de Las Palmas, tendida al lado del mar, aparecía temblorosa, blanca, con sus jardines y sus palmeras”.

      La citada frase, copiada por otros autores, aunque la hayan dulcificado un poco para disimular, es una referencia constante y recurrente en nuestra mirada cotidiana. Y todavía me pregunto cómo no la he olvidado. Es un misterio éste el de recordar unas cosas sí y otras no. Y ahora viene a resultar que esas palabras de Laforet son como una fotografía permanente que se ha agudizado en estos tiempos encerrados. Sí, ya sé que no les digo nada nuevo. Sin embargo, no me resisto a dar una vuelta por ahí, como si paseara realmente.

     De lo que se infiere que paseo y mar vienen a ser casi sinónimos: nunca lo habría imaginado. Habría que añadir la ciudad que cada uno lleva dentro. Y no se resista, inteligente lector, dé una vuelta por ella, aunque no salga de su casa.


 


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