PHOTOTEX: "La lectora empedernida"

Juan FERRERA GIL Miércoles, 07 de Abril de 2021 Tiempo de lectura:

Lectora

     Se instaló en la casa en el primer sitio que encontró. No se anda con chiquitas: va al grano y se dispone a leer: lo que mejor sabe hacer. No suele escuchar las conversaciones ajenas porque considera que el respeto es muy bonito. No discute por asuntos banales porque sabe que no llegará a ningún lado. Y solo escucha las voces que realmente tengan algo que decir. Su nivel de tolerancia es tan alto como los libros que lleva leídos. Otrosí, el único extremo que le interesa es el de la repisa en que se encuentra, que bulle en su imaginación al ir descubriendo en las páginas escritas las palabras verdaderas, las que son capaces de adornar una existencia y, al mismo tiempo, profundizar en una mañana recién despertada o en un atardecer que se resiste a las tibicenas.

     Es la lectora empedernida constante en su afición: no solo conoce y defiende lo que le interesa sino que, además, es capaz de convertir la mirada detenida en un enjambre de palabras que ocupa su mente y la traslada a los lugares más recónditos. Por eso vive en un trasatlántico que la lleva por los mares del sur en estelas inacabadas. Los colores de los días marinos y las siluetas de los países que visita la trasladan, en un alarde que aviva su imaginación de escritora dormida, a través de los distintos puertos, a las aventuras jamás soñadas. Y cree que podría quedarse a vivir en cualquier capital remota, pequeña y coqueta. Y piensa cómo sería su vida a la vez que la llena de compañeros ocasionales y comprensivos, y de amantes locuaces y sinceros. Pero lo más que le llama la atención es cómo asumiría la nueva ubicación: siempre había visto el mundo desde Canarias. ¿Cómo sería la existencia desde Valparaíso o Nueva Zelanda? Tendría que discurrir de otra manera porque la geografía condiciona lo suyo, elucubra entre las nuevas líneas que pasean por su mente.

     Cuando cerró el libro, todo quedó suspendido, como si fuera una ligera nube que se desliza, con delicada suavidad, en el cielo azul. “Después veré” se dijo al tiempo que elevaba la mirada y se disponía a sus quehaceres cotidianos. “Cuando descanse, volveré a leer”.

     Y la quietud siguió reinando, aun con el libro cerrado!!


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