Sardina de mis amores
Dedicado a Áurea Aguiar, Mami, mi madre de Sardina.
Fui cautivo en un instante.
Me embrujaste con tu encanto
y me acogiste en tu seno.
Me dio amparo tu regazo.
Ha pasado largo tiempo.
Ahora ya soy sardinero.
Y entre azules cielo y mar
te confieso que te quiero.
Cantarte quiero, Sardina,
una bonita canción
cargada de sentimiento
que brote del corazón.
Eres cual piedra preciosa,
una perla sorprendente.
Sus colores se reflejan
en tus aguas transparentes.
A la hora del ocaso
el mar se pone de plata.
Se tiñe de magia el cielo.
Se embelesa la mirada.
Pintan los rayos del sol,
cual lápices de colores,
amarillo, rosa, lila,
sus últimos estertores.
Se rebelan, se resisten
y estallan en llamaradas
de fuego ambarino y rojo
ante la noche aún callada.
Henchidas de luz, las nubes
vagan por el firmamento
hasta que se difuminan
arrastradas por el viento.
Y cuando el sol se despide
y las sombras se avecinan
se oye el canto de las aves.
Ya está la tarde dormida.
Arrullado por las olas,
por su vaivén acunado,
tuve la otra noche un sueño
que guardo como oro en paño:
Soñé que tú amanecías
engalanada de flores,
y yo te dije: ¡Eres linda,
Sardina de mis amores!






































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