Arucas en el recuerdo: celebrar la primera comunión

Opinion

segismundouriarte202102Hacer la primera comunión era algo que, tarde o temprano, le llegaba a todos los niños. Era un acto para el que previamente se les preparaba y que ilusionaba, quizá no tanto por el acto en sí como por poder lucir un traje especial. El complemento obligado a los trajes de comunión eran los guantes blancos, un cordón dorado con una cruz, un misal de nácar y un rosario.

En la iglesia de San Juan, primorosamente engalanada con gran cantidad de flores, se organizaba una muy cuidada ceremonia para dar solemnidad al acto y procurar que los niños y niñas fueran los máximos protagonistas. La ceremonia tenía una gran solemnidad y al final de la misma, los niños pasaban al parque de San Juan para degustar un desayuno compuesto por dulces y una chocolatada que niños y niñas degustaban con gran apetito porque ya tenía hambre puesto que, tal y como mandaba la norma, no habían comido nada desde la noche anterior.

La Plaza de San Juan que acogía esta celebración, se la podría considerar como el conjunto arquitectónico de mayor valor social e histórico del lugar. En poco espacio, se encuentra una serie de edificaciones que datan del siglo XVII. Durante muchos años fue el centro neurálgico de la ciudad y testigo mudo de la evolución social de la misma.

En aquella época, la plaza disponía de un kiosco para los conciertos de los domingos de la banda municipal, en el que, en su parte inferior estaba un bar muy frecuentado por los vecinos sobre todos después de la misa mayor de los domingos y festivos. Era, sin duda, un punto de referencia para el ocio de aquel lugar. Años más tarde, lamentablemente, fue demolido.

Un muro de cantería, decorado con barras de hierro forjado rodeaba todo su perímetro, levantándose en las calles colindantes edificaciones tan señeras como la Casa Parroquial, construida en el siglo XVII y que constituye uno de los mejores ejemplos de la arquitectura tradicional canaria, caracterizada por los muros de mampostería y la cubierta de teja árabe, en esta construcción, a cuatro aguas. En el interior se encuentra el habitual patio canario, con corredor de madera de tea en el segundo piso.

La plaza era para los niños un extraordinario espacio donde se podía jugar a múltiples cosas pero con mucho cuidado de no estropear las plantas ni los bancos que allí había porque lo cuidaba un guarda llamado Ezequiel que era todo un hueso que imponía un gran respeto a toda aquella tropa infantil que allí acudía.

La silueta de la iglesia sobresale en esta plaza. Convertida hoy en el emblema de la ciudad, fue construida siguiendo el diseño neogótico del arquitecto catalán Manuel Vega March. Destaca por su elaboración en piedra, sin tecnología de ningún tipo, surgida de la habilidad de los labrantes aruquenses. Su interior resulta envolvente y misterioso, tanto por la esbeltez de las líneas arquitectónicas como por los efectos lumínicos de las vidrieras, realizadas por la casa francesa Maumejean et Freres. Ese interior guarda un considerable tesoro artístico, con piezas escultóricas de procedencia italiana, pinturas flamencas y de la escuela andaluza.

En la capilla del Rosario está instalada la imagen en madera del Cristo Yacente hecha por el escultor de Arucas Manolo Ramos González. Una imponente talla de color oscuro con un realismo impresionante. Esta imagen suscitó en principio alguna polémica, basada en lo vigoroso de su constitución, de la que las autoridades eclesiásticas opinaban no ser fiel reflejo de un Cristo agonizante o muerto. Por eso, en aquella ápoca no salía en la Semana Santa.

Tras el citado desayuno en aquella plaza, empezaba para cada uno de los niños y niñas el “peregrinaje” visitando a los conocidos para darle la estampa del recordatorio y recibir a cambio una propina. La celebración de aquellas primeras comuniones no tiene nada que ver con las que se venían haciendo, antes de la pandemia, en grandes salones de banquetes con comidas pantagruélicas que hace de la celebración un evento social más parecido a una boda que a un evento religioso y una festividad infantil y que conlleva un absurdo gasto extra para muchas familias que se ven obligadas a hacerlo llevadas por la ola de consumismo que impera en nuestra sociedad que obliga a pensar más en el “qué dirán”, en aparentar, que en celebrar el significado de ese evento religioso puesto que puede darse la paradoja de que muchos de esos padres que hacen esos dispendios no pisen la iglesia ni vayan a hacerlo, ni ellos ni sus hijos, después de esa celebración.


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