Hace escasamente unos días tuve el placer de adentrarme en la obra Música para un arjé, de Antonio Arroyo Silva, un canto a la poesía escrita en siete apartados – Introito, Bolero de la distancia, Rapsodia de la cercanía, Balada del agua, Lied del aire, Madrigal del fuego y Spleen de la tierra- en los que el autor juega a conjugar en un mismo espacio físico, el apenas centenar de las páginas de este poemario, los elementos de la creación con el arte, la música y la filosofía presocrática.
Antonio Arroyo Silva (Santa Cruz de La Palma, 1957) lleva los elementos sinfónicos referidos al arjé que introducen los movimientos de mano de los filósofos clásicos. Así aparecen Tales de Miletos en Balada del agua, Anaxímenes en Lied del aire, Heráclito en Madrigal del fuego y Lucrecio en Spleen de la tierra, un recorrido filosófico que huye de las normatividad para adentrarse en la creación poética desde el aliento creativo personal del autor.
Hace unas semanas, charlando con el poeta sobre esta nueva obra, me comentaba que a inicios de febrero, recibió un correo del ensayista y escritor Jorge Rodríguez Padrón (Las Palmas de Gran Canaria, 1943) donde le expresaba su visión sobre este nuevo trabajo poético, editado a finales del pasado año por Ediciones La Palma.
En la conversación, me señalaba que, a lo largo de los últimos treinta años, ha intercambiado sendas misivas con Padrón en relación a la publicación de sus poemarios. El intercambio de cartas, que se realizaban en un principio a través del correo ordinario para ir transformándose, con la llegada de internet y de las nuevas tecnologías, por el electrónico, ha supuesto la consolidación de una amistad entre los dos escritores en las que, estoy segura habrán existido valoraciones muy positivas en relación a la producción poética de Antonio, y a buen seguro, también algún que otro tirón de orejas. Sin duda, este intercambio pausado de misivas ha congregado en torno a ambos la consolidación de una amistad basada en el diálogo pausado y el conocimiento compartido a través de un esmerado trueque literario.
En esta última carta, indicada Padrón que, movido por la ''emoción que irradiaba Música para un arjé“, se adentró con constancia en la “arquitectura precisa que lo sostiene y justifica“. A este respecto, señalaba textualmente, que dos cuestiones anteponía a todo lo demás: ''ese orden que has dado a los poemas, esa distribución de los poemas bajo las diversas advocaciones del "arjé" hacen del conjunto un verdadero libro (no unos poemas reunidos, con más o menos sentido); la otra cuestión que me parece acertadísima: la regularidad "matemática" con que precipitas la lectura hacia ese vertiginoso caer en el origen, donde todo se dispone a ser...''.
En este sentido, señalaba que «mientras se lee, se ve que quien escribe, ante todo, piensa; y a través del pensar se entrega a la experiencia de ser; es decir, el poeta va al centro de la experiencia poética y controla la escritura para que no se vaya por las ramas». Un control “matemático”, en virtud del cual, concluía, Música para un arjé constituye ''un trabajo al que regresar recurrentemente para pararse a pensar''.
Se trata, pues, de un libro de ''verdadera madurez poética'', una valoración con la que yo, sin acercarme ni de lejos a tener la formación necesaria para el ejercicio de la crítica literaria, sí tengo que afirmar que comparto con el ensayista de Las Palmas de Gran Canaria, como lectora voraz y apasionada amante de la buena poesía. Y la que encierra Música para un arjé es, sobre todo, buena poesía.
Baste de ejemplos estos dos poemas que comparto con ustedes y que estoy segura disfrutarán:
Les invito, pues, a acercarse a Música para un arjé y a, simplemente, dejarse llevar y disfrutar de la voz poética de Antonio Arroyo Silva.




























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