Hace unos días celebramos el retiro de un maestro de vocación. Amante de los números, del cálculo y de la geometría compartió sus saberes con amor y paciencia.
Siempre al servicio de los demás; sin ninguna queja; con una sonrisa. Su presencia siempre fue cálida, serena, sin aristas. Sus pilares: amar y servir. Su aliado… el silencio. Como activista y embajador defendió nuestras señas de identidad que él ayudó a cimentar y que aún persisten y perdurarán en el tiempo: la educación en valores y el trabajo colaborativo.
Si hay una imagen que refleje el espíritu y la trayectoria profesional de Leandro, es ésta:
Una imagen que reclama su sentir de “unir esfuerzos en una actividad conjunta para conducir a un navío a buen puerto, remando con confianza, colaboración y coherencia. El navío es el centro educativo que surca las aguas de la educación impulsado por una vela transformada en una llama, la llama del entusiasmo…”
Entusiasmo que mantuvo con firmeza durante su larga travesía “tan necesario para emprender la importante tarea de educar a ser ciudadanos ejemplares”.
Gracias, Leandro.
Gracias por tu legado.





























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