Recuerdo que, pertrechados con nuestra inseparable cámara, cubríamos un acto en la Plaza de la Constitución de Arucas para Infonortedigital.
El día, desde tempranas horas, había lucido completamente azul, cálido y cariñoso. Sin embargo, y sin previo aviso, comenzó inesperadamente a cambiar la tonalidad de la tarde a la vez que las fachadas iluminaban de otra manera: en su nuevo tono, la ciudad se ofrecía diferente. Todo transmutó en una tarde única, donde una delicadísima y superficial nube adornaba, agrandando, el decorado arquitectónico que configuraba un leve halo misterioso del que se desconocía su final: un boceto apenas insinuado. Un ligero vientecillo nos movió los pies del suelo y de pronto notamos la transitoria humedad vespertina, que se disponía a congelar, ligeramente, eso sí, el día casi veraniego que habíamos disfrutado.
A los pocos minutos, con las renovadas notas musicales, todo volvió a la normalidad.
Y descubrimos, una vez más, el misterio y la suerte de estar despiertos.




























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