Charles Dickens y la eterna Noche de Navidad

Josefa Molina Lunes, 30 de Noviembre de 2020 Tiempo de lectura:

dickensFOTO 1 PORTADA ‘El sueño de Dickens’ (1875), cuadro de R.W. Buss.

Ahora que se acercan las fiestas navideñas y que las luces ya adornan nuestras calles, ¿quién no se acuerda de ‘Cuento de Navidad’ y de su avaro protagonista, Mr. Scrooge? Todo un clásico publicado en 1843 que sin embargo se hace presente cual fantasma de las navidades pasadas cada mes de diciembre. Sobre su autor, Charles Dickens (1812-1870), y de su casa-museo les hablaré en las siguientes líneas de esta nueva entrega de ‘Las Casas-museos y sus moradores literarios. Un recorrido personal’.

Recuerdo que la primera vez que pisé la ciudad de Londres fue un mes de agosto de hace ya la friolera de treinta años. Yo tenía unos veinte y acompañaba a mi madre a visitar a mi hermana mayor, Andrea, que por aquel entonces ya había asentado su residencia y vida en la capital británica. La visita tenía como motivo el embarazo de my sister, que esperaba a su primera hija, mi sobrina Xiomara. Nos hospedamos en un hotel más o menos céntrico, o eso me pareció en su momento. Un edificio de esos estilo clásico, de suelos de maderas con anchas y mullidas moquetas azules pero con habitaciones estrechas y con un comedor mínimo en los que te servían para desayunar una café ‘aguachirri’ y un zumo de naranja que era más bien un líquido de color anaranjado que, por cierto, hizo terribles estragos en mi estómago. Pero eso es otra historia. Una mucho menos agradable.

Una de las tardes, Andreína, que así se llamaba mi señora madre, y yo, decidimos ir a dar un paseo por las cercanías del hotel y disfrutar del frondoso mini bosque de un parque cercano. El cielo estaba nublado pero nada hacía presagiar (nada para unas canarias más perdidas que Wally, claro) la masa de agua que nos iba a pillar durante el paseo. Mi madre, como mujer previsora que era, llevaba un paraguas en el bolso, así que resguardadas bajo él, nos dispusimos a regresar el hotel sin éxito: nos perdimos.

dickensFOTO 2Entre que entendía más bien poco de inglés y que mi madre comenzaba a enfadarse porque su peinado hacia aguas, la tensión entre las dos comenzó a ascender de nivel rápidamente hasta rozar una peligrosa zona roja, tanto que para evitar males mayores, me separé de ella refunfuñando cruzando al otro lado de la calle cuando de pronto, como por arte de magia, leí un cartel que rezaba Charles Dicken’s house. Oh, wonderful coincidence! Me hospedaba a unas pocas manzanas de la casa-museo dedicada uno de los más internacionales autores ingleses y yo, ¡sin saberlo! El caso fue que aceptamos la señal que el destino nos puso en el camino y nos dispusimos a realizar una rápida visita que resultó ser de lo más balsámica y aclaratoria ya que, fue abandonar la casa-museo tras la visita, y encontrar el hotel sin problema ninguno.

En aquella primera visita, la casa donde residió el autor de ‘Oliver Twist’ (1837–1839), me pareció más bien destartalada y muy descuidada, especialmente la zona de la cocina y del baño así como en los pasillos donde la madera de sus suelos nos regalaba chirriantes sonidos a cada pisada y lucía necesitada de un tratamiento express de encerado. Desde luego nada que ver con la Casa-museo que visité hace ahora unos dos años, allá por el 2018. De hecho, en 1923, la casa se encontraba en un estado tan lamentable que amenazaba ruina y el ayuntamiento estuvo a punto de demolerla pero gracias a la intervención de la Hermandad Dickens, se salvó del cataclismo urbanístico. La Hermandad compró la propiedad y se hizo cargo de él comenzando a funcionar como museo en 1925. En 2012, el mismo fue reformado completamente adquiriendo el maravilloso aspecto que luce actualmente.

dickensfoto 3La vivienda que aloja la casa-museo dedicada al autor de ‘Tiempos difíciles’ (1854) se encuentra ubicada en el número 48 de Doughty Street, en el distrito de Holborn. Se trata de la típica casa estilo georgiano donde el escritor residió desde febrero de 1837, un año después de contraer matrimonio con Catherine Thompson Hogarth (1815- 1879), hasta diciembre de 1839.

Allí vivió la pareja con tres de sus diez hijos (por cierto, que Catherine se quedó embarazada 20 veces, ¡20!, ¿han leído bien? ¡20!, solo pensarlo y me dan escalofríos, quita quita), así como con el hermano de Dickens, Frederick, y una hermana de su esposa, Mary, quien falleció en los brazos del autor en 1837 y con quien el autor mantenía una profunda amistad.

En este inmueble residieron hasta que se pudieron permitir el traslado a una casa de mayores dimensiones. Aunque nunca se divorciaron, algo impensable en la época victoriana y desde luego, muy mal visto para personas de su relevancia social, la pareja se separó oficialmente en 1858, después de 22 años de convivencia. Según parece, Catherine, en su lecho de muerte, entregó su colección de cartas de Dickens a su hija Kate con instrucciones de hacerlas llegar al Museo Británico para que, afirmó, “el mundo sepa que una vez él me amó”. Y seguro que la amó, no lo niego, aunque eso no impidió que intentara recluirla en un ‘centro de salud’ para poder vivir libremente sus historias amorosas. En fin…sin comentarios.

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Sería precisamente una de esas historias amorosas la que hizo que el 9 de junio de 1865, mientras viajaba en tren con la que entonces era su pareja, la actriz Ellen Ternan (quien inició la relación con Dickens cuando ella tenía 18 años y lo mantuvo hasta su fallecimiento en 1870), viviera el escritor un singular accidente ferroviario que, según parece, le marcó por sus restantes cinco años de vida. Se trató del choque ferroviario de Staplehurst, en el cual los siete primeros vagones del tren cayeron de un puente que estaba siendo sometido a unas reparaciones. El único vagón de primera clase que no cayó fue aquel donde se encontraban Dickens y Ellen. Según parece, el novelista pasó mucho tiempo dickensFOTO 6atendiendo a los heridos y moribundos (fallecieron diez personas) antes de que llegaran los servicios de auxilio. De esa experiencia, de la que el novelista inglés resultó muy impactado a nivel emocional, saldría uno de sus cuentos de fantasmas más famosos ‘El guardavía’, publicado en 1866, en la cual el protagonista tiene la premonición de un choque ferroviario.

Pero volvamos a la casa-museo. El edificio consta tres plantas además de una zona de entrada, donde se ubican la tienda y un pequeño jardín, y un sótano. Personalmente, la planta que más me gustó visitar fue la tercera donde su ubica la habitación de los niños.

En esta zona se mantiene una exposición en la que se explica la infancia del propio autor inglés, una infancia marcada por la pobreza y el drama social más infame, sin duda, acentuado por las continuas deudas de su progenitor, un oficinista de la Armada, quien acabó con sus huesos y el de su familia en la cárcel. Y digo su familia, porque en aquella época el reo podía compartir la celda con su mujer e hijos (esta experiencia de su infancia es retrata por el escritor en la obra ‘La pequeña Dorrit’). Mientras, el futuro escritor fue acogido en una casa acudiendo los domingos a la cárcel a visitar a su parentela.

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Con apenas 12 años, nuestro protagonista comenzó a trabajar en una fábrica de betún para calzado, ganando una miseria de seis chelines a la semana con la que tenía que ayudar a subsistir a su familia. Las condiciones deplorables de explotación laboral de los niños y de la clase proletaria en el abusivo sistema industrial constituyó un tema de denuncia constante en las obras del novelista, tal y como se refleja, por ejemplo, en su novela ‘Tiempos difíciles’ (1854) o ‘David Copperfield’ (1849–1850), esta última juzgada por los críticos como una de sus obras con mayor carga autobiográfica. En ella escribió: “Yo no recibía ningún consejo, ningún apoyo, ningún estímulo, ningún consuelo, ninguna asistencia de ningún tipo, de nadie que me pudiera recordar. ¡Cuánto deseaba ir al cielo!”. Terrible.

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También destacaría de la casa-museo el estudio del autor, donde se encuentran varios manuscritos de sus obras. Fue en esta vivienda donde Charles Dickens escribió ‘Papeles póstumos del Club Pickwick’ (1836–1837), ‘Oliver Twist’ (1837–1839) y ‘Nicholas Nickleby’ (1838–1839). Además, se conservan numerosos ejemplares de las publicaciones de las obras del novelista británico que se editaban de forma episódica en los periódicos y revistas de la época, en los que el sistema habitual de publicación era por entregas, que con frecuencia eran leídas a viva voz por el propio autor ante un nutrido grupo de oyentes.

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Una de las cosas que más me ha llamado siempre la atención de Dickens fue su excelsa capacidad para la oratoria. De hecho, parece que eran cientos las personas que se agolpaban bajo el balcón de esta vivienda para escuchar leer al novelista a voz en grito algunos capítulos de sus obras, realizando interpretaciones diferentes para cada personaje. De hecho, parece ser que las continuadas lecturas en voz alta le provocaron a la larga diversos problemas de salud, que terminaron influyendo en la apoplejía que acabó con su vida a los 68 años de edad.

Para nosotros, esto ahora resultaría del todo impensable, y no solo porque tampoco sería necesario ya que existen maravillosos altavoces que amplifican la voz sin problema alguno, sino, sobre todo, por las aglomeraciones de personas que acudían a escucharlo. La narración pública dejó de ser hace tiempo una maravillosa forma de acercarse a los cuentos, a la poesía, a la literatura, en definitiva, por parte de la ciudadanía; ya sabemos que la literatura en general no es un fenómeno precisamente de masas y que más bien ha quedado relegada a unos cuantos locos y locas a quienes nos gusta esto de leer poemas y relatos y compartir con el público. Y es una pena, la verdad, porque la magia de la lectura es indispensable para el ser humano. O al menos, resulta indispensable para mí.

dickensFOTO 12Por otro lado, no deja de ser curioso que, a pesar de la importancia de tan ilustre autor británico, este edificio sea el único relacionado con el novelista que permanece en pie en la ciudad de Londres. Aunque también es reseñable el Coffee House, cerca del Covent Garden, el lugar donde estuvieron situadas las oficinas de All the Year Round, la revista que Dickens fundó en 1859 y en la que trabajaría hasta su muerte en 1870.

Sin duda, Charles Dickens fue uno de los escritores británicos más leídos y conocidos internacionalmente; sus personajes han supuesto verdaderos arquetipos literarios y forman parte del imaginario literario correspondiente al periodo victoriano. Muchas de sus novelas se han llevado al cine y han sido objeto de numerosas adaptaciones televisivas. Y, desde luego, no hay Navidad sin que no se me caiga una lagrimita con la singular noche de Navidad de Mr. Scrooge, protagonista de uno de los cuentos que más me gustan del autor británico.

Creo que nombrar a Dickens, como nombrar a Shakespeare, es nombrar no solo a la literatura inglesa, sino a la literatura universal. Sobre el último y su casa-museo hablaré en la próxima entrega de ‘Las Casas-museos y sus moradores literarios. Un recorrido personal’. Les espero.

Más información de la casa-museo en la web: www.dickensmuseum.com

Fotos: Josefa Molina


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