Ayer estuvo todo el día lloviendo. Y resulta hasta raro. Si tuviera la mirada de la escritora que hoy nos ocupa, Tina Suárez Rojas, seguramente podría expresar lo que veo: el paisaje nublado y húmedo, el olor a tierra mojada, el día que se despereza… pero me faltan las palabras. Palabras que ella domina y convierte en su particular alegato de obsesiones. Y las regala en sus distintos poemarios, frutos del momento de ser y sentir en esos instantes infinitos, como los paisajes del sur de Chile. La mirada de la escritora se llena de complicidades y expresiones y visiones que, al quedar reflejadas en el papel, nos esperan el tiempo que haga falta hasta que logramos descubrirlas. Pero ahí no acaba todo: hay que interpretarlas. Solo así cerraremos el círculo que Tina Suárez Rojas nos propone.
P: Ha escrito y publicado muchísimo, ¿qué es lo que tiene la poesía?
R: Es una cuestión de fe. Creo ciegamente en la palabra poética y en su poder para trascender realidades.
P: ¿Es el único camino de expresión?
R: Desde luego que no. Todas las artes son un camino de expresión. Yo siento un enorme entusiasmo –en el más puro sentido del étimo griego- por la pintura y por la música desde siempre, sin embargo amo la poesía porque la palabra poética lleva implícitos los dones de ambas, quiero decir que cuando leo y escribo poesía también veo colores y formas y abstracciones, también escucho sonido, ritmos y silencios.
Mi poesía en esencia es la misma, me preocupan los mismos temas, aunque temas no sea más que un eufemismo de obsesiones
P: ¿En qué ha cambiado su poesía desde que empezara a publicar en 1996?
R: No solo los poetas se hacen mayores, también los poemas envejecen, como decía José Emilio Pacheco. Mi poesía en esencia es la misma, me preocupan los mismos temas, aunque temas no sea más que un eufemismo de obsesiones, y yo mimo mucho mis obsesiones, que siguen siendo los claroscuros del amor, el yo frente a los otros, el tiempo y sus tiranías, la ausencia, la muerte. Lo que ha cambiado es mi manera de enfocar esas constantes. La efervescencia juvenil ha dado paso a una madurez serena, cercana al sottovoce, que me lleva a contemplar y cuestionar el mundo y mi mundo desde una perspectiva más cercana a la reflexión metapoética.
P: ¿Están dedicados sus poemas “a la inmensa minoría”?
R: Si la inmensa minoría está representa por un lector mediamente culto, capaz de comprender que la poesía no forma parte de la llamada cultura chatarra, entonces he de decir que sí, y estoy además convencida de que esa inmensa minoría la ennoblece. La poesía de última moda, la que celebra el Premio Espasa, no es una poesía fresca y sencilla, como se nos pretende vender, en primer lugar porque la sencillez es una virtud del lenguaje y esta es una poesía famélica, enferma de imagen y lenguaje, una poesía deshabitada, a la que le falta tradición, y esto que digo puede sonar erróneamente a conservadurismo, pero nada que ver. La tradición es un incentivo extraordinario para “ser moderno”, es conocimiento literario, es conocimiento de mundo. Se habla de la democratización de la poesía, pero una vez más se confunden los términos y se confunde al lector, en especial al joven lector que quiere amar y dejarse amar por la palabra poética: democratización y vulgarización no es lo mismo aunque rimen en consonante. Esa tozudez de la democratización de la poesía, tampoco se hermana con la inmensa mayoría a la que se refería Blas de Otero. Estoy convencida de que al poeta, tan fieramente humano, le mosquearía bastante descubrir cómo al cabo de los años la palabrería y la sensiblería (que también riman odiosamente mal) han tomado los versos y se han convertido en la ganga del mercado.
P: Cuando mira a su alrededor, ¿qué es lo que ve?
R: Soy un ser social y no puedo evitar tener una visión crítica de la realidad. Somos testigos de la crispación que nos rodea. Una crispación que nace del desengaño y de la desconfianza ante tantos años de fanfarria política. A todo esto se une la deriva sanitaria y económica que estamos padeciendo y que nos mantiene en un permanente estado de alerta. Me cuesta ser optimista, sinceramente. No tengo nada claro. Zygmunt Bauman decía que hay dos valores indispensables para que la vida humana sea satisfactoria, algo así como dos grandes pilares sobre los que se sostienen no ya las sociedades sino un concepto más antropológico, el de civilización. Esos dos pilares son la libertad y la seguridad. Y creo que se desmoronan, están a un tris de desplomarse. De verdad que me resulta desconsolador. Por no hablar del desastre ecológico que también forma parte de este panorama. Me cuesta mucho ser optimista.
Somos testigos de la crispación que nos rodea. Una crispación que nace del desengaño y de la desconfianza ante tantos años de fanfarria política.
P: ¿Hay ternura en los escritores?
R: Hay ternezas y hay vilezas. Porque nada humano nos es ajeno.
P: ¿Es la “Brevísima relación de la destrucción de June Evon” lo que queda después del naufragio? ¿Cómo es que se ha trasladado al oeste americano?
R: Cuando me preguntan por June Evon no puedo evitar definirla siempre igual, como un animal herido, y es precisamente su herida la oscura protagonista de toda la historia. Me refiero a una Herida particular, inconfesable, esa Herida en mayúscula que cada uno de nosotros lleva muy callada y muy dentro. El far west siempre me ha parecido muy sugerente como espacio mítico –soy de esa generación que creció viendo pelis de vaqueros en la sobremesa de los sábados-, y a partir de ahí se me ocurrió crear un poema épico coral cuya personaje protagonista, el arquetipo del pistolero, del antihéroe, fuera representado por una mujer.
P: ¿Realmente la Literatura sirve para algo?
R: Es una pregunta que merece la misma respuesta que dio Cocteau refiriéndose a la poesía: Sé que la poesía es imprescindible pero no sé para qué. La literatura es imprescindible y cuanto más calamitosa es la época que nos toca vivir, más imprescindible se vuelve. Vivimos tiempos sombríos de doble naturaleza; por un lado la cultura al servicio del ocio, la banalización y la zafiedad se han convertido en un mal endémico; por otro lado, la burocratización, nos hemos rendido a la servidumbre del papeleo, somos números, nuestras vidas son los expedientes, los registros, los certificados que van a dar a la mar… Pero luego está la literatura. Si la literatura ha sido capaz de sobrevivir a la televisión significa que la lectura sigue ejerciendo un poder fascinador sobre nosotros. Ahí estarán siempre nuestros poetas, novelistas, dramaturgos, ahí están sus libros, deseosos de ser abiertos como ventanas al mundo para a través de ellos aprender y desaprender, para conocer y reconocernos. ¿Que si la literatura realmente sirve para algo? Sí, al menos para recordarnos que somos vulnerables, para humanizarnos.
No puedo entregarme a la escritura todo lo que quisiera porque la docencia no siempre me lo permite. Escribo cuando tengo tiempo, no me queda más remedio que plegarme a sus caprichos.
P: ¿Cuándo escribe y qué es lo que ahora la tiene atrapada?
R: No puedo entregarme a la escritura todo lo que quisiera porque la docencia no siempre me lo permite. Escribo cuando tengo tiempo, no me queda más remedio que plegarme a sus caprichos. Si ese tiempo me permite escribir tres días seguidos, lo hago. Si solo consigo hacerlo durante unas horas, lo hago también. Es como cubrir una necesidad a ratos. Y como a ratos ser feliz.
En cuanto a lo que me tiene atrapada, me debato entre la imaginación y la memoria, siempre es así.
P: El confinamiento, ¿es un nuevo tipo de inspiración? ¿Cómo lo lleva?
R: Sin ningún ánimo de frivolizar la situación, he de reconocer que yo durante el confinamiento he sido muy feliz, escribí y leí a mis anchas. Un gozo inenarrable. Soy de por sí muy hogareña, me encanta estar en mi casa y si alguna pena sentí fue la de no poder ver, abrazar y besar a mis seres más queridos.
P: Ahora nos escondemos tras una mascarilla, ¿se esconde usted tras palabras herméticas?
R: Claro que no, pero sí trato de darle al lenguaje cierta altura intelectual que en absoluto es ajena a la poesía. El lenguaje es una máscara, nos sirve para expresarnos y también para ocultarnos. La poesía también tiene sus mascaradas, sus bailes de disfraces. Entre esos humos y espejos es como me gusta expresarme.Mi sueño es ganar tiempo. Quisiera más tiempo para amar, más tiempo para conocer, más tiempo para leer todos aquellos libros que no alcanzaré a leer. Tiempo, más tiempo…
P: ¿Cómo ve el panorama literario en Canarias? ¿Escribir en Canarias es llorar?
R: Lo que hará llorar siempre es la mala literatura. Sin una función crítica que discrimine los productos literarios de los que no lo son seguirán mezclándose impunemente la paja y el trigo.
P: ¿Publicará pronto?
R: Sí, acabo de corregir las primeras galeradas de mi próximo poemario y me doy cuenta de que el vórtice de emociones previas a la publicación es casi igual que el del primer libro.
P: ¿Qué tiene entre manos?
R: Leer mucho, escribir mucho y corregir más.
P: ¿Qué tal le va con el síndrome del “folio en blanco”? ¿O acaso es un invento de escritores?
R: Ese bloqueo mental o emocional en una determinada fase del proceso creativo es un marronazo, y hablo desde mi experiencia. Bien es cierto que es pasajero y una trata de compensar esa breve etapa de no-escritura con la lectura, porque leer también forma parte del oficio de escritor. No puedo evitar acordarme del sufrimiento que a Sylvia Plath le provocaba esas temporadas en las que no podía escribir. Se lamentaba de que se sentía mentalmente hueca y que la impotencia le daba por no parar de hacer pastelitos al horno. Ella lo contaba con especial dramatismo.
P: Dígame un sueño y una reflexión.
R: Mi sueño es ganar tiempo. Quisiera más tiempo para amar, más tiempo para conocer, más tiempo para leer todos aquellos libros que no alcanzaré a leer. Tiempo, más tiempo…
Damos las gracias a Tina Suárez Rojas su deferencia para con Infonortedigital y regalarnos el valor de sus pensamientos.
NOTA BIOBIBLIOGRÁFICA
Tina Suárez Rojas nace en Las Palmas de Gran Canaria en 1971. Es licenciada en Filología Hispánica y profesora de Lengua Castellana y Literatura.
Es autora de: Huellas de gorgona (Premio de Poesía “Tomás Morales” 1996), Pronóstico reservado (Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Las Palmas” 1997), Una mujer anda suelta (Premio Internacional de Poesía “Gabriel Celaya” 1999), Que me corten la cabeza (2000), El principio activo de la oblicuidad (Premio “Carmen Conde” de Poesía 2002), La voz tomada (2003), Los ponientes (Premio Internacional de Poesía “Odón Betanzos” 2004), Las cosas no tienen mamá (2008), Blas y Catalina tras el Genio de la Ciencia (2010), Brevísima relación de la destrucción de June Evon (2013), Delirografías de un pequeño Dios (2014), Así habló Sara Trasto (2014) y de Mi corazón es un cubo de Rubik desordenado (2017).
Ha participado como ponente y como poeta en numerosos encuentros literarios y recitales poéticos, y ha colaborado en destacadas revistas literarias nacionales e internacionales en las que ha sido traducida al italiano y al portugués.































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