Cuando se despiertan dentro del silencio, ni una leve brisa zarandea las débiles y durmientes hojas de los árboles. Quietud por encima de todo. Y hoy, con un sol otoñal de fiel compañero, el sueño ha llegado hasta el mar que, sin olas, dibuja caminos: senderos pasivos y salados. Casi eternas en su lentitud constante, al pasear por las nubes, la aventura de la imaginación alcanza las tiernas, suaves y cariñosas travesías del relato. Y las miradas, como anhelos permanentes que saborean las mañanas, terminan anidando en el tiempo infantil de la memoria. Y las nubes, gordas y amenazantes, se estilizan en apenas unas delicadas líneas como surcos arados en el cielo.
Son el refugio de la calma y de la serenidad los atardeceres pausados del otoño: la pachorra isleña barrunta afables tonos de acuarela, donde la levedad aprisionada queda enmarcada en el lienzo de la vida. Y la luz que nos rodea se desplaza lentamente al mismo tiempo que los pasos del caminante discurren por un nuevo sendero de apacibilidad y letargo.
Al fondo, quieta y calmada,…
¡¡la belleza!!




























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