La mar preñada

Opinion

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Me pareció curiosa, y hermosa, la historia que, inesperadamente, en dos entregas, me contó un pescador que pasó a mi lado en la playa de Las Nieves. Era un hombre dinámico, ochentón, al que no conocía de nada, que se dirigió a mí cuando se encaminaba hacia la zona del Dedo Dios:

-La mar quiere macho.
-¿Cómo?
-¿Tú no la sientes? Está llamando al barranco.
-¿Perdón?
-Vente mañana por aquí y te lo termino de contar –zanjó, y continuó su camino con paso decidido.

Lo primero que se me vino a la cabeza fue que a aquel hombre le faltaba un tornillo. La mar quiere macho y está llamando al barranco, pensé, mientras me levantaba de la arena y me metía en el agua, recordando las palabras exactas del pescador. ¡Fuerte disparate! Aquello no tenía ni pies ni cabeza.

Olvidé el incidente nadando un rato en las cristalinas aguas de la playa, que estaba como un plato, y lo habría desterrado de la memoria de no ser porque, dos días después, volví a ver al pescador.

-¿Te acuerdas de lo que te dije antier? –me espetó de sopetón.

Igual que la vez anterior, él iba derechito a pescar y yo me hallaba sentado en la arena, con ganas de darme un baño, cosa que no había hecho porque el agua estaba canela. Había llovido mucho el día anterior y la lluvia había hecho que corrieran los barrancos, arrastrando tierra, piedras, palos y otros sedimentos hasta el mar.

Un destello saltó de súbito en mi cerebro según pensé en las palabras barranco y mar, las cuales me llevaron de inmediato a las que el pescador me había dicho dos días antes: la mar quiere macho y está llamando al barranco.
Mis ojos miraron de otra forma al pescador cuando me dirigí a él.

-Se juntaron en matrimonio, ¿no? –dije, esbozando una pícara sonrisa.
-De una manera un poco salvaje, creo yo. Tenías que haberlo visto ayer, cuando escampó. La mar estaba entonces preñá como una burra. Esto de hoy no es nada en comparación.
-¿Y usted cómo sabía que ayer iba a llover tanto y que el barranco correría con esa fuerza?
-A lo mejor no me crees, pero lo supe cuando vi la mar tan en calma, suspirando con las olas, que es su modo de llamar al barranco para que la venga a preñar.

Me gustó muchísimo la imagen y, sonriendo, le pregunté:

-¿Qué es lo que va a parir la mar tras el periodo de gestación?
-Playas, dunas, arrecifes y yo qué sé ni cuantas cosas más –respondió, también sonriente, con cara de chiquillo travieso, antes de despedirse y seguir su rumbo.

No se me borró la sonrisa de la mirada hasta que lo vi desaparecer. Sentí ternura por aquel hombre tan peculiar y me pareció que la historia que me había contado era una bonita leyenda a la que se podía catalogar de mito clásico, un cuento digno de ser recordado.

Luego miré al mar y decidí sacarle una foto, la que encabeza este escrito.
Y mientras enfocaba el objetivo, de manera refleja, imaginé que los testigos de piedra que miran hacia la playa: Tamadaba, el Barranco Oscuro, el de Guayedra o el de La Palma, así como el roque Faneque y La Burbuja, habían sentido una ligera sacudida en sus cimientos, un poco antes de escuchar el canto de las sirenas, cuando el agua dulce del barranco se juntó con el agua salada de la mar.

Texto y foto: Quico Espino


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