Encuevados

Opinion

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Hace unos días, hablando por teléfono con un amigo, le pregunté qué tal le iba y él me contestó que estaba encuevado. 

- No salgo sino para lo imprescindible. Y es que no soporto la puta mascarilla.
-Pues da gracias a que estás jubilado, amigo mío. Porque me imagino que debe ser un martirio trabajar con mascarilla.
-Total.

Varios días después me mandaron las fotos que ilustran este reportaje. Las dos primeras son de una cueva que se encuentra entre la Playa del Juncal y el Barranco del Lagarto, por la costa del Cardonal.

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La siguiente está en el Barranco de Guayadeque y la última en Barranco Hondo.

Después de verlas volví a pensar en la palabra que me había dicho mi amigo por teléfono: “encuevado”, pero le quité las connotaciones que él le había dado y me puse a evocar, casi con deleite, las tres cuevas más relevantes de mi vida, a las que conocí entre los cinco y diez años.

La primera fue la Cueva Treinta, en el barranco Culo Pesao, un ramal de Guayadeque, en la que mis amigos y yo, la pandilla, pasábamos casi todas las tardes, desde después del almuerzo hasta el sol puesto.

Allí, entre otras cosas, hacíamos tiraderas, arcos y flechas, escudos…, armas para guerrear contra las pandillas de otros barrios, así como para matar pájaros y lagartos, y enterrábamos los huevos que habíamos robado a nuestras familias, o a los vecinos, para que se pudrieran.

Preferíamos que nos pegaran una “pedrá” en la cabeza antes que un huevo “güero”, que es más apestoso que una bomba fétida.

La cueva de la playa de Agua Dulce fue la siguiente. Se la prestaron a mi padre y allí pasamos largos veranos en familia, rodeados de vecinos, niños sobre todo, que también vivían en cuevas o en casetas de madera.

La playa era nuestro campo de juego. Solíamos salir del agua tiritando, con la piel aterida de frío, arrugada, y los labios temblorosos, cuando nuestras madres nos llamaban para comer. La mía lo hacía dando golpes a un caldero con la manilla del almirez.

Me encantaba que, como aperitivo, mi padre me dejara beber un chingo de vino moscatel que tenía en una bota. Para calentar la barriguita, decía él.

A la de Guayadeque, que se llama Cuevas Muchas, …

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… también nos llevó mi padre, en este caso a mí y a mi pandilla, en la camioneta con la que se ganaba el jornal, para celebrar el día de los “finaos” con tortillas españolas, huevos duros, tomates, bolitas de gofio con leche y azúcar, galletas, castañas y almendras.

Mi padre le pidió a un pastor, que vivía en una de aquellas cuevas, y cuyo ganado dormía en otra, que nos echara un ojo hasta que él volviera por la tarde a recogernos.

A mí, a falta de veinte días para cumplir diez años, me pareció un bosque aquel barranco tan frondoso, por el que corría el agua formando saltos, cascadas y charcones en los que terminamos bañándonos todos en calzoncillos, después de dejar nuestras cosas al amparo de la gruta.

Recuerdo que, cuando estábamos de remojo en el charco, apareció una señora mayor, de riguroso luto, tirando de un burro cargado de papas y millo. Nos miró y, sin más, nos dijo:

-Tengan cuidado, que en esa cueva se aparecen los espíritus de los muertos.

Después se alejó entre lamentos, quejándose de que su vida era una valle de lágrimas.

No resultaba raro entonces que los mayores metieran miedo a los niños. Ahora, además del diablo, la mano negra, el coco y los chupasangre, tendríamos que lidiar con los espíritus de los muertos. Por suerte no apareció ninguno en todas las ocasiones que visitamos la cueva, que fueron muchas a partir de entonces.

Casi sesenta años después, también habló de espíritus un señor octogenario que vive solo y tranquilo en esta cueva de Barranco Hondo:

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Según me dijo quien me envió la foto, que lo fue a visitar, el hombre le contó que veía los espíritus de sus familiares fallecidos. Así mismo le indicó que hacía meses que no salía de allí, que eso de ponerse una mascarilla no le hacía maldita gracia.

-Aquí estoy que da gusto, mi niño: me encanta estar en mi cueva, tengo mi huertita, mis gallinas, mi cabra y mi horno, y cuando es menester, de relance, llamo a mis hijos para que me asistan.

Me gustó la imagen que se dibujó en mi mente sobre aquel caballero de Barranco Hondo. Me pareció una persona valiente. Además vi un paralelismo entre él y el amigo que cité al principio, el que sale de su casa sólo lo imprescindible. Los dos, antes que ponerse la mascarilla, prefieren estar encuevados.

Texto: Quico Espino
Fotos: José M. Quesada Medina, Roberto e Ignacio A. Rque Lugo

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