Se engaña la mirada

Opinion

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El rumor de las olas acompaña siempre a quienes viven junto al mar. Es como un susurro que les transmite paz y sosiego, sobre todo en la noche, cuando reina la calma.

También al atardecer, ese lapso mágico de tiempo que el sol protagoniza al ponerse.

Uno de sus rayos lanza su reflejo hacia dos barcas que navegan en aguas ya plateadas.

A veces, junto al batir de las olas contra la arena o los riscos, se escucha el aleteo de una gaviota, que disfruta volando en un cielo de nubes doradas.

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Un cielo que se tiñe de rojo y amarillo, azul y negro, para despedir al sol, ante la mirada relajada de quienes contemplan el ocaso, abstraídos, embelesados, hechizados por el fulgor de unos colores…

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… que se quedan fijos en la retina, como si los ojos no quisieran desprenderse de ellos.

Por la noche, en la antesala del sueño, el siempre armonioso murmullo de las olas transporta a quienes están a punto de dormirse en un velero que boga sobre un mar bruñido, donde titilan los postreros rayos del sol poniente.

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Y en el sueño aparece Sardina en todo su esplendor, con todos los encantos que la rodean, tan hermosa como en la realidad, aunque con el aura mágica que imprimen los sueños a los espacios en los que se ambientan.

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Azules el cielo y el mar, esponjosas las nubes, rojizas y oscuras las montañas, incitan a viajar, a surcar la inmensidad del universo, a sumergirse en las profundidades marinas y a caminar tierra adentro, para aventurarse en lo desconocido.

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Cierta tristeza da despertarse cuando el sueño ha sido agradable, pero la mitiga, junto a una brisa con olor a mar, el rumor de las olas que entra por la ventana. La misma que se abre a la playa y permite ver Tamadaba, Amagro, Botija y El Farallón.

Muchos corazones ha conquistado La Playa de Sardina. Se han enamorado de ella porque, salvo excepciones en las que la mar se encresta, la ven apacible y entrañable. Es una playa sana, cuyas olas les hacen compañía. La sienten. Cambia la tonalidad del mundo que les rodea mientras se bañan. Flotan cuando nadan.

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En especial al sol puesto, que el agua está como la seda.

El sol se esconde tras El Teide y extiende una estela amarilla por el horizonte, entre un mar de plata y un cielo gris. Brilla la arena junto a la espuma de las olas que la han bañado.

Y, por un instante, extasiada, seducida, la mirada se engaña: le parece que la imagen no es real sino soñada.

Texto: Quico Espino
Imágenes: Josefa Molina, Ignacio A. Roque Lugo y Quico Espino

 


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