A través del cristal
Pantalón corto, calcetines blancos, mirada limpia y lluvia en el tiempo. Aquel niño, delante del escaparate, miraba los libros. Luego, dentro, los de la Editorial Reno llamaban poderosamente su atención; al fondo, y en lo alto, una extensa colección de sombreros.
Es la vida el cúmulo de recuerdos y experiencias, la lucha constante contra la sombra y contra el dolor, un fugaz momento, una pisada nueva en la acera de nuestra infancia, una risa en el parque de la memoria y un “esto es lo que hay” cuando el camino se convierte en vereda. Es, también, el charquito que siempre pisamos al son de las primeras lluvias.
Pero había más cristales: los que mostraban los juguetes: aquella espada de oro, la inalcanzable bicicleta, las pistolas del oeste americano con sus cartucheras y el extraordinario juego de magia, capaz de engañar a los ojos más audaces. Era el momento de la ensoñación, de la ilusión acurrucada en la pequeña cama: el lugar perfecto de la inocencia. Es la infancia la etapa primordial de nuestra existencia, el espacio tranquilo de los deseos más ansiados y, tal vez, de la felicidad plena.
Hasta que llegó la parca y cambió las cosas de sitio y alteró el orden establecido, que creíamos eterno. Es dura la adolescencia sin él; es dolorosa la primera juventud cuando deseas ardientemente que el tiempo no solo pase, sino que vuele como si fuera un viejo fotograma para convertirse, poco a poco, en sombra difuminada.
Es duro desear a los diecisiete que el día sea apenas una milésima de segundo.
Es la vida una calle estrecha y silente, la luna en la noche oscura y el sol en el azul.






























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