He pasado los últimos dos días debatiéndome entre si escribir este artículo, similar a uno que ya publiqué, o no. Finalmente me ha podido la indignación, el ver cómo en las últimos días no he parado de recibir vídeos grabados con un teléfono móvil de anónimos que filman -sin saber o quizás sabiendo que incurren varios delitos- a personas a las cuales les sucede algo fuera de lo normal.
Primero fue la patera que llegó a las costas de Sardina de Gáldar. Las imágenes, antes de salir en la prensa, ya estaban en los WhatsApp de todos los norteños, con comentarios de fondo (la gente que de todo opina, porque se creen que de todo saben) en fin... Un flagrante delito contra la intimidad de las personas.
Después fue el accidente de un grupo de jóvenes en la playa de La Punta. Otra vez, vuelta a grabar, vuelta a difundir y vuelta a incurrir en delitos varios.
La Constitución española habla en su artículo 20 de las libertades de expresión y de información y especifica, literalmente que “no son siempre fácilmente distinguibles” La primera es un derecho al alcance de todos y la segunda tiene una serie de matices que la convierten en un hecho que debe ser realizado por aquellas personas formadas para informar.
Por otro lado, y siendo el punto clave al que quiero llegar, recoge también la Carta magna española de 1978 lo siguiente “Las libertades de expresión e información con frecuencia entran en colisión con los derechos al honor, a la intimidad y a la propia imagen, que aparecen como límite expresamente reconocido en el precepto constitucional. En caso de conflicto deberá llevarse a cabo la correspondiente ponderación de bienes, teniendo que analizar cada una de las circunstancias concurrentes, de forma tal que cada caso necesitará de un examen particularizado sin que quepa la aplicación automática de reglas generales”
Es de este derecho, el del honor, la intimidad y la propia imagen del que se olvidan todos aquellos, a los que llamo “periodistas frustrados” que con un móvil en la mano se creen que pueden grabar, (primer delito) y difundir (segundo delito) como una ola arrastra a Fulanito y a Menganito, mientras comentan la locura que supone subirse a unas rocas con la marea como está. O que Menganita tiene la cabeza llena de sangre o a Fulanito se le ve casi el hueso.
Mientras graban y comentan -cual comentaristas deportivos el error que otros están cometiendo- no se dan cuenta que ellos mismos están en ese momento incurriendo en tres delitos porque, todos usan el móvil para grabar, ninguno para lo que realmente es un teléfono y sería util en esos momentos, que es llamar para pedir ayuda.
Lanzando, como me gusta hacer últimamente, una reflexión. Recordad, que si marcamos en nuestros teléfonos solo tres números 112, podemos contar lo que está pasando (ya que tantas ganas tenemos de dar información, hagámoslo de una forma útil) y alguien vendría a socorrer a los heridos. Piénselo.




























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