“Cuando las armas de destrucción masiva cambiaron de aspecto, la diabetes ya había hecho su aparición.
Sin embargo, el aroma de los dulces típicos de lugar hablaba de un tiempo siempre permanente y de una manera de hacer que había superado todas las modas de la repostería. Y el hecho de presentarlos en un escaparate, que no solo se comía con la vista, no era más que una técnica de venta tradicional que a los nuevos visitantes les encantaba. Así que mantuvimos el negocio tal y como siempre fue: antiguo, con vitrinas de madera y con los tradicionales dulces del lugar que, por épocas, desaparecían rápidamente del expositor.
¡Y ricos no nos hicimos! Sacábamos un par de sueldos mientras la ciudad seguía su camino en un ir y venir continuo, como el eterno vaivén de las olas.”






























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