Caían gotas furiosas en el suelo. Reventó la lluvia. Leonor e Idalia se sentaron en las mecedoras a rezar. Los espejos estaban tapados y la lámpara de gas encendida. Leonor se levantó y se asomó a la ventana. Vio como la calle se convirtió en río, vio flotando: vestidos de novia, fetos con el cordón umbilical, cadáveres, ahorcados con la soga en el pescuezo y el abuelo diciéndole adiós.
─ ¿Qué miras? ¡Ven a sentarte, te puede matar un rayo!
─Nada, nada, no miro nada.
La mujer se sentó. Luego, Idalia se asomó a la ventana. Vio la calle convertida en río, un negro desnudo en una canoa, peces con ojos amarillos que iluminaban el agua y muñecas flotando.
─ ¿Qué miras? ¡Ven a sentarte, no sea que te parta un rayo!
─Voy, espera, ahora voy, no miro nada.
─ ¿Entonces qué haces ahí de pie? ¡Siéntate, carajo!
Idalia agachó la cabeza, agarró la biblia y se sentó.
Aire y agua se filtraba debajo de las puertas. Las hermanas se echaron a dormir en las mecedoras.
Cuando despertaron, la lluvia se había marchado a otros pueblos. Se acercaron a la ventana y se apoyaron a los barrotes. Vieron la calle húmeda y limpia. Sintieron el tufo de sus alientos medicinales.
Desde ese día, cada vez que llovía se peleaban para asomarse a la ventana.




























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