A pesar de la languidez de la imagen, no debemos confundirnos: la tarde muere, sí, pero no está falta de fuerzas: se prepara para recibir a la noche, que reinará en la oscuridad y solo las luciérnagas encenderán el agua fría del inmenso lago con forma de mar quieto y pausado. Así ocurre cada día, en una repetición siempre distinta y que, en las visitas inesperadas, adquiere el tono que se nos había pasado desapercibido.
¡Son tantas las cosas que no vemos!...
Al fondo se adivina la otra parte del continente, donde los cotidianos problemas se eternizan. Por eso la gente, de vez en cuando, se acerca a la orilla del dulce lago para percatarse realmente de dónde está. Y, así, en la quietud del agua y de la tarde toda, la mirada se diluye en el tiempo reflejado en un tenue rayo de sol que aún lucha por sobresalir entre las sombras cada vez más fuertes.
Y una gaviota busca su refugio.






























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